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Henry Miller en papeles inusuales
Henry Miller, Cartas a Anaïs Nin. Edición de Gunther Stuhlmann. Plaza & Janés editores, Barcelona, 1987.
¿Alguna vez has visto una manzana —o la fruta que tú gustes y mandes— jugosa, increíblemente madura, con un color encendido y tentador, y, por si todo esto fuera poco, del tamaño de un automóvil compacto? ¿No te gustaría morder algo así? ¿Comértelo por completo —sin albur— y después ir por el mundo eructando “eso”? Pues bien, míster Gunther Stuhlmann nos regala una fruta con las anteriores características, si bien no una fruta de su cosecha, al editar —hace ya algunos ayeres— una selección abrumadora y fascinante de cartas que el maestro Henry Miller escribió para su amiga, amante, benefactora, alma afín y no menos maestra Anaïs Nin. Abrumadora, porque abarca una etapa extensísima de la vida de Miller; la primera carta está fechada tentativamente por el editor —ya que Miller nunca adquirió el hábito de fechar su correspondencia— en octubre de 1931, en París, y la última, parcialmente fechada por Henry —pa' los cuates—, el 19 de julio de 1946, en Big Sur, California. Alrededor de quince años de correspondencia fundamental, por lo tanto fascinante a los ojos de cualquier aficionado a las obras del autor, que documenta el período creativo que vio nacer los Trópicos, la Primavera Negra, el Coloso de Maroussi, la Pesadilla de Aire Acondicionado y otros tantos, además de sus artículos, recensiones y ensayos misceláneos de la época.
Si el señor Stuhlmann no nos miente, la primera carta fue escrita dos meses antes del primer encuentro de Henry y Anaïs, que según la autora cita en su diario (Henry and June, traducción al español por María José Rodellar como Henry Miller, su mujer y yo, Emecé editores, Buenos Aires, 1988), ocurrió en diciembre de 1931. En esta carta, Henry nos anuncia que está escribiendo su Trópico de Cáncer, que tiene cantidad de cosas qué corregir ahí, que su mujer (June Mansfield o June Edith Smith, su segunda esposa) acaba de llegar y que se le complica todo. A partir de esto, conocemos hechos que ya no nos parecen tan ajenos, como su estancia infame en el Lycée Carnot, una escuela donde Miller enseñó inglés y se percató de la estupidez del sistema educativo, y que relata de manera maravillosa en la parte final del mismo Trópico. Así, durante esta primera entrega de cartas, aglutinadas bajo el rótulo “París”, asistimos a los primeros años de amistad con Nin y conocemos a ciertos personajes que a ratos —y esto es culpa del editor— se nos pierden en el infierno de mil nombres entremezclados y que, ocasionalmente, intentamos recuperar con la endeble arma que al final del volumen se nos otorga: una serie de fichas biográficas, bien documentadas, eso sí, pero que terminan por dejarte en las mismas. A pesar de esto, gracias a la escritura maestra de Miller, podremos también reconocer a muchos de estos amigos y enemigos en la obra misma del autor, aquellos que lo alimentaron, que lo hospedaron, que le dieron de comer y lo soportaron. París ve nacer esa primera trilogía conformada por Tropic of Cancer, Tropic of Capricorn y Black Spring, y nos ofrece la visión a ratos despiadada y a ratos plañidera del escritor ante el rechazo sufrido por su obra, ante las constantes postergaciones para la edición de sus libros, en especial del “Cáncer”, que fue calificado de obsceno, y ante el paso inexorable del tiempo que él considera el “adecuado” para la salida de su obra a la luz del día.
Si bien esto ya sería mérito suficiente para disfrutar el libro, a continuación se nos ofrecen dos bloques inmensos de correspondencia que contienen un cúmulo de belleza, tanto narrativa como de reflexión, y que se convierten, en mi opinión, en la parte medular de este volumen. Primero, su etapa en Corfú, Grecia. ¡Esta es una parte importante y riquísima de la carne de la manzana! Un Henry eufórico en su inactividad, nos relata su reencuentro con Grecia, un redescubrimiento maravilloso y maravillado con una de las bases inevitables de la cultura humana. Miller cambia; se vuelve, según sus propias y exaltadas palabras, un salvaje. Camina descalzo entre los guijarros, se sumerge desnudo —una desnudez que se antoja total, casi metafísica— en el mar, y se convierte en “un negro”. Sube y baja por toda Grecia, y descubre lugares donde el hombre se convierte, ineluctablemente, en Dios, al encontrarse consigo mismo; descubre planicies donde una cabra no es sólo una cabra, sino todas las cabras. Se percata también de que el drama se encuentra perdido por algún rincón de la literatura y, en general, del espíritu creador occidental, ese espíritu que él califica, en su embriaguez, de diseccionado. Toda esta riqueza encontrada en Grecia finalmente florece en el libro The Colossus of Maroussi, al que él se refiere en toda la correspondencia posterior como “el libro griego”. Al final de una de las cartas de este período, Miller nos dice: «A nadie le aconsejaría venir a Grecia, a menos que esté preparado para encontrarse cara a cara consigo mismo». El sentimiento que a uno le queda después de leer estas cartas es precisamente ese. Curiosamente, el inicio de la fatídica segunda guerra mundial coincide con este período, pero Miller poco caso hace a esta circunstancia. Sólo cita la guerra para decir que la siente muy lejana, lo que nos habla de un estado anímico más bien parecido a la enajenación, al viaje alucinógeno, en un tipo casi siempre enredado con las causas justas y reales y que siempre tenía algo qué decir de lo que ocurría en su tiempo. Grecia, finalmente, había cumplido su papel de panacea.
Pero Miller regresa a América. Ese espíritu exaltado que había ganado en Grecia da paso a otro, desolado, desde el primer contacto visual con la costa de Boston. Pero Henry no pierde su fuerza por esto, ni su vista visceral. Si Grecia había constituido un bálsamo inapreciable para su ser, América lo hacía enojar, y este enojo lo mantenía vivo y dando brincos. El escritor comienza a tener nombre en el mundillo literario; la gente lo conoce, le escribe, lo busca. Por encargo —bueno; este tío aceptaba encargos para terminar haciendo lo que se le venía en gana— Miller emprende un viaje a través del país, para absorberlo y poder escribir sobre él. Este viaje produce la segunda entrega de carnaza jugosa de la pletórica manzana. Anaïs está viviendo en Nueva York —¡la gran manzana!; pueblo natal de Henry— y en parte financia la travesía. Miller lanza ahora una mirada sin piedad y maquiavélicamente lúcida sobre un caleidoscopio de aspectos de la vida en los Estados Unidos. Pueblo tras pueblo —travesía que no deja de recordar el On The Road de Jack Kerouac—, ciudad tras ciudad, va encontrando la futilidad de la vida y el pensamiento de sus paisanos, que, irónicamente, se contrapone sin remedio a la belleza de los paisajes, a la riqueza y a la aparente irreductibilidad de los recursos. El suelo norteamericano, a través del ojo de Henry, a ratos se nos muestra como el cuerno de la abundancia. Otra tierra de Jauja, pero llena de locura y sinsentido, llena de estupidez, y que le indica el camino de la elocuentemente titulada The Air-Conditioned Nightmare.
La aridez sigue siendo terrible. Una pesadilla en verdad. Miller nunca se limita a ser cronista: critica, se enfurece, y a veces llega a condenar —proféticamente— a sus hermanos blancos a la total extinción. Los indios serán dueños de todo, nuevamente. La guerra se hace presente: Henry pronostica y profetiza, otra vez. Espera que Francia —bajo el yugo nazi— se levante y acabe de una vez por todas con el conflicto. Ve en el comunismo al peor enemigo de la libertad. Con profunda mirada histórica, atestigua la violencia, la sufre, y sin embargo le parece perfectamente natural. Sabe que es el producto humano por excelencia. «Ese “sentido de la realidad' —nos dice, en octubre de 1942— del que hablan los demás no es más que una tontería. Eso es lo que conduce al mundo a una guerra; todo está fundamentado en compromisos (...). La corrupción surge desde las profundidades y envenena todos los niveles. El funcionamiento del mundo está basado en la desilusión y en la perfidia». Miller sostiene una relación ambivalente con los inmigrantes, siendo él mismo un hijo de inmigrantes; admira a ratos a los griegos y latinos con los que se cruza. Los mexicanos le parecen mal encarados, con posturas de asesinos —según sus propias palabras— y opina que en México todo debe ser traición y una lucha frenética a muerte —lo cual no se aleja mucho de la realidad, después de todo. Y sin embargo, también a ratos, le agradan. Y no se diga los negros: Miller es negro de corazón.
Henry Miller se nos expone así, complicado e inagotable, en esta no tan precisa selección de cartas de Gunther Stuhlmann. Astrólogo, pintor, escritor demoníaco, crítico de todo y de todos, incluso de sí mismo, cinéfilo enamorado de Buñuel y Orson Wells —de quienes hace análisis someros pero intensos—, y neurótico aficionado. A veces se extraña al Henry Miller cachondo, majadero y violento que aparece en sus grandes obras. No es de extrañarse la anécdota que él mismo nos refiere en uno de los pasajes de este libro: una señora, dueña de una librería, al saber que él era el autor de los trópicos, exclamó “¡Pero si usted no parece tan obsceno!” Así hoy, al concluir este volumen espléndido, tenemos que exclamar: ¡Pero si usted no parecía tan decente!
De cualquier manera, una manzana es una manzana.
El volumen es conseguible; lo encuentran, extrañamente, en ciertos lados a diez pesos (¡!) y en otros hasta en cien. Es la anarquía de precios.
 atrás.
En el camino, Jack Kerouac, ediciones Anagrama, colección Compactos, Barcelona, 1995.
Sí, sí, ya sé que está de más recomendar esta clase de libros, cuando todo mundo los lee porque son ultra recomendados por todos los doctos en la materia. Pero no está de más en este momento, cuando el buen Allen, uno de los protagonistas de este libro, está yaciendo sobre la plancha. Por si fuera poco, Anagrama, una de esas editoriales que hacen las delicias de cuanto bibliómano haya por aquí, y que disfruta haciéndolo —lástima de precios, brother—, reeditó hace apenas dos años las dos grandes del maestrín Kerouac, En El Camino y Los Subterráneos, en traducciones españolas bastante aceptables, que aunque no adolecen de los coños y puñetas y drogatas, son perfectamente legibles para el público latinoamericano. He aquí la inevitable e imperdonable oportunidad, para todos aquellos que no hayan tenido contacto con Jack, Bill, Neal y Allen, para acercarse a estos imprescindibles degenerados, a su forma de vida y de muerte, a ese su desconsuelo tan innegablemente precursor del nuestro. Jack Kerouac dejó estas dos mortíferas obras, abeas corpus del paso de esas flamígeras y fugaces estrellas por el mundo; libros que influenciaron a toda la generación beatnik y a los de después, los que hicieron posible el rollo de los sesenta-setenta y su desaguisado rockanrolero. Y, claro, a nosotros.
Ahórrense unos varos y lléguenle.
 atrás.
La Historia Interminable, Michael Ende, ediciones varias.
Otra vez, recomendar estos libros resulta una obviedad de pésimo gusto. Pero, qué carajo, el tío se nos murió el año pasado y no pude evitar recordar las delicias de la historia ésta. A pesar de lo pobre de la adaptación cinematográfica —comprensible sólo hasta que se ha leído el condenado libro— no se puede dejar de considerar esta obra como uno de los grandes hitos de nuestro tiempo. Hay peligrosas y magníficas aproximaciones a Tolkien y demás maestros de la fantasía épica. Como siempre la muerte del afamado autor alemán está sirviendo de pretexto para que las editoriales con los derechos se hagan ricas, pero ni modo.
No puedo dejar de recomendar, para quien no lo haya hecho, que le caigan pero de volada a estas páginas soberbias; por cierto, el espectro de ediciones conseguibles es muy amplio, así que busquen la más adecuada a las posibilidades de su cartera (vencida).
 atrás
Sánchez Éxtasis y el gran jolgorio de las verdades a medias
Juventud en Éxtasis, Carlos Cuahutémoc Sánchez, editorial que no es ético nombrar, México
Finalmente lo hice. Agarré el condenado libro transforma-vidas y lo leí de una sentada, en, aproximadamente, seis horas de lectura continua (nótese que soy un desocupado). Habían llegado a mí algunos comentarios extraños que aseguraban que el libro estaba causando verdaderas transformaciones —desde simples cambios de opinión hasta increíbles cambios psicosomáticos y mutaciones—, e incluso tuve información impresionante, de segunda mano, acerca de una chica que abandonó a su novio —pobre tonto lujurioso— después de leer el cuento éste, diciendo, textualmente: “ahora sé que soy una pecadora”. ¡Uf! El asunto requería realmente atención; más aún cuando yo y todos en este fanzine de quinto patio nos consideramos voceros y oráculos, como les iba diciendo, de las minorías inmorales. Y puedo decir que me llevé inenarrable sorpresa; el libro Juventud en Éxtasis es una verdadera y terrible maravilla.
Verdadera, porque está llena de verdades, verdades del señor Carlos Cuahutémoc Sánchez, empresario de éxito que encontró su mina de oro en las moralinas agabachadas. Verdadera, porque después de leer el asunto uno se siente tentado a pensar que todo lo demás es puro cuento: estadísticas extraoficiales, hechos concretos que nos atacan cotidianamente a nosotros, los lúbricos jóvenes mexicanos, y, primordialmente, lo que vemos a diario en esos adultos infectos que, se dice, nos anteceden en todo y que parecen desmoronarse en sus verdades, como las de este señor, inamovibles, monolíticas, gargantuescas.
Terrible, claro, porque en verdad este libro puede cambiar vidas; este libro busca urgentemente cambiarlas, con un hambre voraz y violenta. Y su arma principal para hacerlo es, además de sus impecables artilugios narrativos y su trama llena de sorpresas a la Corín Tellado, su brutal e intachable elocuencia, su sabiduría infinita disfrazada de un personaje increíble, el Annibal Lecter de los moralistas, el psicópata de las verdades, el —casualmente— también doctor Asaf Marín. Terrible, porque despertando la lujuria con sus inesperadamente maestras descripciones de actos sexuales y de cuerpos sexuales —a mí, para ser honestos, se me paró varias veces mientras leía, cosa que no me pasaba sino con José Agustín o Bukowsky o Miller o Almudena Grandes (sufro de impotencia literaria)— es como ataca la lujuria, en un verdadero alarde de tácticas contrarevolucionarias. Pero aún me queda una duda; ¿en verdad ataca la lujuria, o es que sólo ataca las prácticas sexuales extra, pre y sobrematrimoniales? En un principio pareciera que es esto último, pero no lo creo así. Porque, a pesar de plantear una supuesta aprobación del acto sexual como acto de placer no limitado a la reproducción, el filosofastro majadero éste propone que la única lujuria válida es la que se da en el lecho nupcial, y ahí, sorprendentemente, cualquier arrebato es no sólo válido sino cuasi santo. Mentira número 1. Y todos aquellos que se atrevan, temerarios, a dejarse llevar por sus escozores intrapiernosos fuera del matrimonio, corren con la peor de las suertes, les da toda clase de enfermedades venéreas —o enfermedades de Venus, el amor—, se trauman y toda su vida será un amasijo deplorable de culpas y mierda. Mentira número 2.
No entraré en detalles somníferos respecto a qué dice este cuate o cuales son sus propuestas; son las de siempre, amigos míos, las de siempre. No os améis a menos que casados estéis; no os masturbéis si acaso el pito perder no queréis. Cosas así; aburridas y constantes. Tal vez sea más interesante descubrir qué es lo que NO dice el señor Éxtasis en su libro; porque éste está lleno de verdades... partidas a la mitad.
Bueno, no dice que el índice de mujeres casadas que contraen el Sida ha aumentado hasta alanzar el número uno, dejando atrás a los homosexuales —de los que tampoco habla— y a los jóvenes solteros. No habla acerca del incesto, el punto medular de las familias disfuncionales en las postrimerías del siglo XX —y el juego semi erótico que hace con la figura de la hija del narrador (presumiblemente su propia hija) en el prólogo y en el epílogo podría prestarse a elucubraciones sabrosonas. Habla mal de todos los anticonceptivos, tildándolos de inseguros —¡bú!—, pero jamás habla de la vasectomía, el único que ha probado con creces su infalibilidad. Habla del Sida, como ya dije, pero jamás habla de cómo prevenirlo; su única propuesta al respecto es, ¡sorpresa!, el matrimonio, que se presenta casi como una vacuna, como un antídoto; y esto es muy inusual en un libro que presume de tener un carácter estrictamente didáctico. Se dice, muy sospechosamente, que el sexo NO es una necesidad VITAL; quien lo dice, el tal Asaf Marín, arguye que, si no tienes sexo, no te enfermarás ni morirás. Cierto, no sucederá nada de eso; tal vez sólo te hagas violador o voyeur. Se agrega que existen personas célibes que llevan una vida perfectamente normal. Ahí comienza el problema: todos hemos visto —yo personalmente lo he visto— a sacerdotes que, rompiendo el silbato, celibato, quiero decir, tienen hijos y mujer o se van de putas y, ahora sí, viven perfectamente normalitos. Este señor, que habla tanto y tan bien de normalidad, pone una situación completamente extraordinaria y que casi raya en lo místico como absolutamente normal, mintiendo gacho. Y agrega que el impulso sexual es una reacción física a los estímulos del medio: o sea que un hombre en una isla desierta no sufre erecciones; y las relaciones zoofílicas en el campo son provocadas por el erotismo majadero e impúdico de las cabras, los caballos y los cerdos. ¡Válgame! Se habla en contra del aborto —tal vez el único punto en el que estoy personalmente de acuerdo con el tío— pero egoístamente se omite hablar de la legalización de éste, se omite hablar de los cientos de mujeres que por nuestros rumbos mueren a causa de abortos mal practicados o practicados sin las medidas mínimas de higiene. Se dice hasta el cansancio que el aborto es un crimen, y yo estoy personalmente de acuerdo; pero no se habla de que legislar contra el aborto lo es también... nunca se dice que legislar la moralidad es un crimen contra la libertad. Oh, pero olvidaba que la libertad, para Sánchez-Éxtasis —como le decimos sus cuates— es un crimen. Para él, sólo hay libertad en el terreno carcelario de las convenciones sociales. ¿Extrema derecha disfrazada de superación personal? ¡Oh!, no me atrevería a asegurarlo.
Aquí vienen dos consideraciones calientes, en especial si nuestra distinguida lectora es una dama con tendencias libertarias: después de varios siglos de Sor Juana —tres desde su muerte; hace apenas algunos añejos fue el jubileo— este señor sigue creyendo que se puede ser, como dijo la poeta sublime, para pretendida, Thais, y en la posesión, Lucrecia. Es increíble y mítico que su personaje femenino central, Dhamar, una ninfeta catoliloca de lo más alienada por los preceptos del macabramente bueno doc Marín, sufra un orgasmo hiperlechoso inmediatamente después de ser desflorada, en la también mítica, y bíblica, luna de miel; y lo es también la pericia sexual que demuestra este personaje durante su tórrido primer encuentro amoroso, pericia adquirida por una espera santificante (y según él estimulante) y por la lectura de un pasaje sospechosamente porno extraído del Cantar De Los Cantares —siempre lo he dicho, la biblia es el libro más completo de todos. Por otro lado, otro personaje femenino, premeditadamente no central (pero de importancia vital), de nombre Joana, con su nalga fácil y su lubricidad pequeño burguesa, es calificada de ramera asquerosa a la menor provocación, por sus juegos manipuladores, pero nunca se habla de la soledad intrínseca a su condición de fornicadora de todos, ni se menciona remotamente su verdad —porque como ser humano alguna debe tener—, viéndose reducida a una mujer vacía que, precisamente por puta, no merece la atención de este escritor salvador de (buenas) conciencias y cambiador de vidas. Pero, eso sí, Dios aparece a cada rato, con su salvación oblicua... ¿Y no fue Jesús de Veracruz aquel que defendió a la adúltera y aquel que se dejó consentir por la prostituta redimida? Pues parece que no: para la Joana sucia no hubo salvación ni amor. Y, extrañamente, para el tal Efrén, el protagonista, macho burlador de mujeres, sí los hubo, ambos. Mujer mala se condena, hombre malo se redime. ¿Seguimos en los tiempos de Don Juan?
Así es, mis queridos colegas. Los mitos siguen siendo verdades y las verdades siguen siendo mitos: los hombres somos unos calientes de primera y las mujeres siguen teniendo la dignidad entre las piernas. Ya no hay himen que valga pero sigue habiendo un himen gigantesco en las conciencias femeninas que se rompe gentil y honrosamente, eso sí, con el matrimonio. Qué asco. La masturbación es un mal masculino y las mujeres, ¡milagro!, no saben ni qué es eso. Es como para vomitarse, me cae.
No compren el libro. No gasten su lana en imprecaciones de adulto ni hagan a Sánchez más rico de lo que ya es. Pero pídanlo prestado, que se reirán a carcajadas, como yo lo hice, por seis largas horas. Y si les cambia la vida, no se preocupen; nosotros no intentaremos cambiarlos, como el señor Sánchez-Éxtasis. Que cada quien se enfríe como mejor le parezca. Pero, eso sí, desde aquí nos estaremos riendo de ustedes; y tal vez lo hagamos tejiéndonos una dulce chambrita, a vuestra salud
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Pearl Jam y Eddie Vedder: Un versus vital y prolongado
Pearl Jam, Vitalogy, compañía bastante grande, 1996
Hace cuatro años, en 1992, en el festival de Roskilde, el “front man” de Pearl Jam, Eddie Vedder, se encontró de pronto en la cuerda floja, luchando para mantener un precario balance entre la normalidad y la insania. Terminado el concierto, Vedder oscilaba de un lado a otro, la batalla en su pequeña y abotagada cabeza estaba fuera de control, la válvula de seguridad, en la que todos los involucrados confiaban de una u otra manera, había fallado y él estaba listo para la sobredosis, el manicomio, o para reventar como un sobrecalentado motor en cualquier momento. Muchos de los espectadores y parte del staff de la banda juraban dramáticamente que acababan de ver el último show de Pearl Jam, y el hecho de que las fechas ulteriores, que tendrían lugar en Londres a la semana siguiente, fueran suspendidas de inmediato, sólo añadió más leña al fuego del gozo detractor o la desilusión fanática.
Lo que el alarmado mundo creador de mártires presenció, en realidad, fue el cierre del primer capítulo de la vida de la mermelada de Perla. Había sido alcanzada una cúspide, una bastante loca, aunque sus censores se diviertan diciendo que la banda ésta se revuelca en la chabacana locuacidad de la freses. La banda estaba física y mentalmente exhausta; tenían que parar, releer sus testamentos y revisar su situación. La solución era obvia. El grupo tenía que dejar la galería pornográfica de la vida pública o, a la larga, simplemente ya no habría grupo. Si querían continuar, tenían que permitir que corriera el aire y se asentara el polvo. Parecía que el mito estaba rebasando a la banda, en especial a Mr. Vedder, pero creo que en el caso del tío éste no hay mito qué perseguir. Vedder no ha intentado crear un mito a su alrededor; se ha burlado de todos, de los que lo alaban y de los que lo repudian, al permanecer férreamente intimista, obstinadamente alejado. Es un escéptico y esa tal vez es su gran broma. Pero, obviamente, también a sido su gran tragedia, y en Roskilde parecía haberle llegado la factura.
Eventualmente la banda comenzó a funcionar nuevamente; el álbum Vs. y la consabida gira los pusieron de nuevo en las marquesinas como acto principal y blanco perfecto para el encomio de las absurdas juventudes grunge y la invectiva patética de los dogmáticos punk-a-rollers frustrados. Esta vez parecía que las cosas no podían salirse de control, parecía que el balance estaba de vuelta; pero una segunda mirada te dejaba la incómoda sensación de que el tal Eddie Verde tenía el condenado mundo sobre los hombros, de que él soportaba la tensión de esa atención masiva que disfrutan las rock stars, de que él no estaba hecho para eso y de que era muy fácil que el pobre infeliz se desmoronara y saliera huyendo por la facilona y muy requerida puerta de emergencia de los artistas: los químicos y el alcohol. Algunos exaltados., por otro lado, aseguran que Vedder es uno de los pocos que han salido en esta última mitad de la década a afrontar la realidad con entereza y curado de espanto; que ha estado en el filo del precipicio y que aún así quiere más; que se ha dado un cachondo agarrón con la locura y que ha vuelto a contárnoslo.
Pero el pasmoso y regurgitante segundo retorno de Pearl Jam, Vitalogy, de 1994, no deja lugar a dudas; Eddie Vedder no sirve para mesías. Tal vez Pearl Jam, como unidad, con toda esa publicidad y clubes de fans, pueda suplir a otros mesías de a mentirillas que se han ido rompiendo, léase los yutús y demás; y también les llegará el tiempo de romperse. Pero Vedder, con su regreso como letrista, como artista gráfico y como músico, sólo ha venido a subrayar lo que venía diciéndose a gritos durante largo tiempo: This is not for you. Ese aletargado aislamiento que ya había sido puesto de manifiesto en Jeremy o Release en el álbum Ten, y en Indifference o Animal en Vs., ahora es recalcitrante y acentuado en el ya no tan nuevo Vitalogy. Podría decirse que Vedder se repite, pero él da la impresión de ser uno de esos artistas que son capaces de renovar su lenguaje sosteniendo tercamente sus temáticas, uno de esos obsesivos creadores que no precisan cambiar para continuar vigentes, porque su tema es el espíritu humano y sus retruécanos, y eso es anticuadamente actual; uno de esos tipos que no dicen lo que se espera que digan sino únicamente lo que tienen qué decir.
Vedder parece mucho más sano en Vitalogy, sus letras son cada vez más simples y cada vez más llenas de imágenes; y, también, cada vez más íntimas. Vedder comienza a dejar caer su incierta imagen de Pearl Jimorrison y se acerca ahora a la deliciosa sencillez de un Lou Reed o una Victoria Williams. La buena salud de Eddie Vedder —ese sobreviviente del infierno, como diría Arturo Huízar de sí mismo— le permite deambular con Mike Watt (el ex-Firehose) tocando la lira en unos rocanroles jazzeros sabrosísimos, echar la paloma con los Doors o discutir con Henry Rollins —¿habrá alguien con quién no discuta el mamado poeta?— las prerrogativas para mantenerse alejado de las delicias de la fama. Y toda esta salud se la debe al simple pero nada fácil hecho de estar hundido hasta el cuello en su enfermedad; la conoce perfectamente y puede, de vez en cuando, reírse de ella y de él mismo. Vitalogy, como representación de Eddie Verde, es el cúmulo de estertores de un hombre que sabe que está a punto de morirse... de risa; una risa patibularia.
No me extrañaría que Eddie Vedder terminara como el malogrado Kurt Cobain. Pero, si se me permite decirlo, lo que en el Nirvana-mártir fue un estridente epitafio para una leyenda rock que se agotaba, en Vedder sería un simple y silencioso auto de fe. Claro, siendo él mismo el inquisidor.
Ojalá Pearl Jam, el grupo, pueda estar a la altura, y sobrevivir a eso. Si no, su vocalista sobrevivirá a la banda, como tantos otros lo han hecho antes, desde Murphy a los Bauhaus, Curtis a Joy Division, Zappa a los Mothers o Morrison a los Doors. La banda puede presumir de tener a un gran idiota en sus filas, pero también puede destruirlo. Esperemos a que regresen para hacer un diagnóstico; está por aparecer nuevo material, y cuando esto se publique tal vez ya esté en nuestro país. Pero dos años sin disco no son un buen pronóstico... o tal vez sean el mejor.

NOTA AL PRESENTE ARTÍCULO: Los datos acerca del festival de Roskilde han sido tomados, en parte, de un artículo de Professor Stone, colaborador de Rolling Stone.
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ALANIS MORISSETTE: una pequeña y dentada molestia
Jagged Little Pill, Alanis Morrisette, Maverick Records, 1995

Si que era ella una chica con suerte,
logró rentar su vida y su muerte...
Rockdrigo.
Estoy fascinada por el hombre espiritual,
me siento humillada por su humilde naturaleza.
A. Morissette.

Cuando, en 1993, apareció en el mercado norteamericano el L.P. debut de Liz Phair, con canciones como “Flower”, en la que esta niña güerita y gringa hasta decir basta decía cosas como “Quiero ser tu reina de la mamada” o “Me dijo que le gustaba hacerlo de espaldas/Yo le dije que por mí estaba bien/Así podríamos joder y ver la TV al mismo tiempo”, la crítica alternativa, en revistas como Spin o Rolling Stone, pusieron el grito en el cielo, extrañamente, para alabarla. Estábamos en el punto álgido de la supuesta revolución artística de la generación X, y Phair ofrecía posturas sexualmente contemporáneas y que los jóvenes, en especial los varones, deseábamos fervientemente que fueran válidas. Liz Phair prometía ser la vanguardia de una generación de jovencitas que no tendrían ningún reparo en gritar sus fuegos uterales, y a todos nos pareció muy, pero muy bien. Algún crítico dijo de ella, como halagándola: “escribe canciones acerca de los chavos que se la cogen y de cuán rápido se la cogen”.
En 1993, Alanis Morissette tenía también su tinglado muy bien puesto, pero en una dirección completamente diferente a la de Phair y, en general, a la de la generación X. En Canadá, Morissette era una cantante estándar con canciones de cuatro frases y un coro; el tipo de artista que no tendría problemas en entrar y salir de Siempre en Domingo como juan por su casa. Un día —e ignoro porqué ocurrió esto; no soy psicoanalista ni me sé su biografía—, cuando se le pasó el cliché adolescente, supongo, dejó todo su teatro abandonado y se fue a algún lugar a escribir canciones, y estas comenzaron a alejarse de las que usualmente interpretaba para sacarle dinero a la gente y “hacerlas olvidar”, que es el pretexto de todos los malos escritores de rolas y que incluso llegó a ser el suyo; sus rolas comenzaron a hablar, inevitablemente, de ella, una chica católica canadiense que vivía con sus padres, tenía su novio santo y todo el cuento. Muchos de los que la conocían esperaron una evolución hacia Liz Phair, esperaron que Morissette tomara el estandarte de cinismo sexual de las damas alternativas de su generación. Jagged Little Pill, su disco debut en esta nueva etapa “honesta”, fue inesperadamente contra la corriente, desafiando los preceptos de esa generación, que es la suya, y que ha dejado de ser adolescente y, en la mayoría de los casos norteamericanos, subterránea.
Alanis Morissette llegó en 1995 con su cargamento de rolas que hablaban de otra generación X, al menos en lo que a las mujeres y su sexualidad se refiere. Mujeres, como ella, que están intentando librarse de la cultura atávica de la decencia pero que niegan ferozmente que sea únicamente en ese terreno en el que tengan que pelear su guerra. Alanis y las que piensan como ella saben o intuyen que todas las revoluciones sexuales las han dejado muy mal paradas o, para ser exactos, las han dejado paradas precisamente en medio. A los varones nos es muy cómodo pensar que Liz Phair tiene toda la razón, pero esa tía está más cerca del pensamiento automático de una estrella porno que de una mujer normal de nuestra generación. Y llega Alanis y, de entrada, nos dice que “Todo lo que necesito es una relación intelectual/Un alma para hacer el hoyo mucho más profundo”. ¡Sorpresa!; esta chava viene a traernos la noticia de que nuestras putas tribales todavía quieren “relacionarse” —signifique eso lo que signifique— con los hombres, todavía quieren respeto y atención y no sólo el colchonazo que proclamaba Phair. Evidentemente para muchos la noticia era mala y comenzaron los ataques. Se dijo que Morissette no era más que un producto vulgar de la cultura del MTV y los Grammys —de los cuales se llevó como cinco la última vez— y que no valía la pena ponerle mucha atención. Pero, si se pone un poco de interés y se intenta ver más allá de los videos o la rotación masiva de sencillos, la chava sobrepasa por mucho este diagnóstico.
Claramente amenazante, la postura de Morissette con respecto al sexo se vuelve sombría cuando acepta que a ella también le gusta el sexo oral pero que a veces no puede con la carga de culpa: “¿Es ella pervertida como yo?/ ¿Te la mamaría ella en plena función de teatro?”; por otro lado, no se muestra muy dispuesta a aceptar el engaño y el abandono con esa indiferencia posmoderna que a nosotros nos gustaría: “Fue una bofetada lo rápido que me remplazaste/ ¿Piensas en mí cuando te la estás cogiendo?”, le dice a su engañador don juanesco mientras le avienta el spaghetti que estaba cenando. Alanis se ha dado el lujo de pensar después de haber sido una mujer más bien comodina y autocomplaciente, y los hombres, incluso nosotros los posmodernos, nos sentimos amenazados. Sus letras son poéticas sólo un poco, pero certeras en sus mensajes; cuando los hombres le hartan, por ejemplo, dice claramente: “Me tomas por una broma/Me tomas por una niña/Sólo sabes mirarme largamente el culo.../Luego buscas tu nombre en los agradecimientos/Y te preguntas porqué no estará”.
La música no es nada del otro mundo, una mezcla bastante afortunada de folk-rock con ritmos pop conocidos por todos, que tiene sus puntos de grandilocuencia en rolas como You Oughta Know, en la que tocan el palomazo Dave Navarro y Flea, ambos de Red Hot Chili Peppers, o en Hand In My Pocket, cuya sencillez recuerda a un Bob Dylan en sus mejores tiempos. Esta canción, además, junto a You Learn y Ironic, son, según su servilleta, las más trabajadas poéticamente. Hand... es toda una declaración de principios, una visión despiadada de un mundo en el cual la indolencia comienza a ser aplaudida como una cualidad: “...Estoy verde pero soy sabia/Soy mamona pero amigable/Estoy triste pero me río/Soy valiente pero soy una mierda cobarde.../Y de lo que me doy cuenta/Es de que no he resuelto nada aún”.
Alanis vino a decirnos, a los ahora ya no tan jóvenes miembros de la generación de fin de siglo, que las mujeres están calientes, pero no sólo de la entrepierna; vino a subrayar el mensaje que Patti Smith, las Runaways, Suzanne Vega, Victoria Williams e incluso Tori Amos venían dando desde hace años. Las mujeres en el rock son,en ocasiones, las que más lejos llevan el pensamiento, en especial con respecto a sí mismas. Si no, que le pregunten aquí a Rita Guerrero o a Adriana Díaz Enciso.
Tal vez no sería mala idea que todas las chatas tuvieran un concepto del sexo parecido al de Liz Phair; pero ojalá lo tuvieran después de un proceso de autoconocimiento como el que llevan a cabo las mujeres que mencioné antes. Eso lo haría mucho más interesante.
Es probable, mucho, que el próximo disco de Alanis Morissette sea un retroceso, o tal vez me equivoque y avance en esa dirección profunda y excitante en la que avanzó en este primer intento; pero tanto da. Jagged Little Pill es un disco interesante y definitivo por el simple hecho de que no está pensado para complacer a nuestra mente y nuestra libido generacionales, sino que las desafía desde dentro.
Por cierto, ¿hay algo, realmente algo, que no sea ya explotable como producto por el MTV? Morissette ha salido en la eres, pero en el mismo número salen Metallica y Henri Rollins. Sólo Dios sabe.
 atrás
Poderes Terrenales, Anthony Burgess, editorial Argos Vergara, colección En Cuarto Mayor, Barcelona, 1982.
He aquí lo que se supone debe ser una novela histórica. Burgess, mejor conocido por su impecablemente lúcido y estridente testimonio de la violencia posmoderna llamado A Clockwork Orange o La Naranja Mecánica, presenta en Poderes Terrenales un nuevo testimonio: el del hombre que camina contra y con Dios. A través de la biografía ficticia de un escritor de mamotretos comerciales llamado Ken Toomey, quien conoce gracias o a pesar de sus inclinaciones homosexuales a todo tipo de individuos, brujos, demonios y hasta un papa —un personaje central extraordinariamente santo y sibarítico—, Burgess nos descubre a una humanidad que apenas acierta a ver en su historia demencial y en sus tragedias íntimas y cotidianas la presencia de un Dios que no se sabe si nos ama o nos desprecia odiosamente. Con una construcción narrativa impecable, muy lejana a la literatura light pero también lejana a la intelectualidad desconcertante, en este ladrillo de 634 páginas se mezclan deliciosamente personajes históricos, que van desde el demente James Joyce hasta el Duce Mussolini, con los personajes del autor, y ambos se avientan su tiro existencial en una búsqueda de sentido y trascendencia que se antoja desesperada en todos, incluso en el lector. Recomendable sólo para aquellos que gusten de largas sesiones de lectura y tengan tiempo para hacerlo, porque está cabrón... estimulantemente cabrón.
Supongo que seguirá siendo conseguible, y si no, lástima. Yo lo encontré de barata en un oscuro congal.
 atrás.
Adiós A Las Vegas, John O'Brien, Océano/Muchnik editores, colección Para Estar En El Mundo/El Día Siguiente, México, 1996.
Las cenizas de O'Brien, se perdieron en la corriente ventosa del Valle de la Muerte, California; ya no quedaba nada, ni siquiera el embrujo violento de ese disparo a la cabeza con el que se quitó la vida, o el embrujo vital del contrato que dos semanas antes firmara para que su novela se convirtiera en película, o el embrujo emocional que significaba el hecho de que su novela comenzara a tener un inusitado éxito. Le cumplieron el último deseo y sus cenizas se fueron perdiendo, volátiles como alcohol, volátiles como esas palabras recurrentes en su novela: whisky, vodka, tequila, sexo, violencia, tristeza, derrota, Sera y Ben y Al y una amiga que ronda coqueta y deseada, ¿no adivinan?: la muerte o, para ser más precisos, la nada. Gilles Lipovetsky lo advirtió, lo adivinó, en su elocuentemente titulado estudio filológico La Era Del Vacío (Anagrama, Barcelona, 1994): el fin de siglo traerá una caída final y abrupta de todos los —pocos— valores que quedan, incluido el único que parecía incontrovertible y básico para la agreste supervivencia de los hombres... la felicidad, la búsqueda de la felicidad. Ya no tiene caso, parece gritar O'Brien a través de sus personajes, y ellos le responden un ¿porqué no?, que parecen contradecir con sus vidas. Porque no, se responde Ben, y se hunde en su plácida caída de alcohol; porque no, se dice Sera, y se sienta a verlo morir con los ojos de su amor y de su propia tragedia de puta; porque no, dice Al, y se pierde en su locura de padrote, en su paranoica huida de una vida criminal y estúpida. Bukowsky le daba a sus personajes la esperanza de parecer divertidos en su miseria, y la esperanza de estar conformes, de estar casi orgullosos de su permanencia al margen, lo cual ayudaba, ayudaba mucho. En Adiós A Las Vegas, O'Brien le quitó hasta eso a sus chicos, y el único sentimiento que queda después de eso es el de que estamos perdidos. ¿Qué importa que Sera sea una prostituta y que Ben sea un alcohólico fracasado? Podría ser cualquiera, nos gritaría John; cualquiera de nosotros, porque él se fue ya, como una botella de alcohol destapada. Usó un cliché, la puta y el alcohólico, para que podamos entenderlo; la tragedia, el aprendizaje de la tristeza y la experiencia de la nada, sin embargo, comienzan a ser universales y nos afectan a todos. O deberían afectarnos.
Un libro conmovedor, hermoso y crudo, conseguible en cualquier lado, espero, y asequible en precio. E imprescindible, sencillamente imprescindible.
 atrás.
It's Only Time, Mark Curry, compañía grande, 1992.
Certero y retador, este disco significó el debut de Curry en ese medio que, a pesar de su difusión ahora masiva y apabullante, continúa siendo marginal en su propio terreno: la subcultura de inmigrantes de L.A. Certero, porque, a pesar de estar imbuido de un carácter más bien preocupado por el amor, el abandono y la desolación íntima, este disco y sus rolas están impregnados del olor de esos bares y billares donde te mezclas, te rozas y te das de bofetadas con negros malandrines y toda clase de inmigrantes drogadictos y moribundos. Retador, claro, porque Mark Curry no es inmigrante; es un muchacho norteamericano promedio que, sin embargo, ha encontrado a sus amigos, a su clica, precisamente entre esos desoladores outsiders. Los mira morir cotidianamente, luchar contra su piel o contra la piel de alguien; los mira actuando su teatro acomodaticio y, mientras tanto, les va cantando sus canciones que, en otra clase de desafío, no parecen ni siquiera remotamente querer ser incluidas en los límites de alguna identidad grupal, léase hip-hop, rap, rock a la Lobos o cosas así. El folk-rock de Curry es norteamericano al cien por ciento, pero cuenta con la irrefrenable y espontánea ventaja de que no habla de la norteamérica de la que ya hablaron Dylan o Williams. Curry se pone más cerca de Lou Reed: son cantantes de minorías que utilizan el lenguaje musical de las mayorías, no en un afán de inclusión sino, podría decirse, casi en uno intimidatorio. Como ya dije, Curry habla de amor, habla intimista, pero proyecta personajes de esa estirpe, los deja danzar en su mirada alcohólica y los atestigua a través de su propia tristeza. Repito: lo de Mark Curry no es una invectiva a la Cypress Hill o a la Ice-T; lo que en estos artistas es motivo, en él es puro y bien llevado ambiente.
Recomendable para aquellos que gusten del folk con afanes sencillos y disparatados, y para aquellos interesados en una visión definitivamente diferente de la marginalidad racial: la visión de un güero que compone canciones de amor rodeado de alcohol y odio. Un testigo literalmente privilegiado.
 atrás
Amores De Segunda Mano, Enrique Serna, editorial Cal y Arena, segunda edición, México, 1996.
El calificativo perfecto para esta compilación de cuentos es el de sorprendente. Indudable; Serna tiene un verdadero don para atrapar al lector con sus finales, con esa incoherente alquimia de sus personajes, que se atestiguan a sí mismos y a otros a través de una ironía implacable, mordaz, llena de significados ocultos, y a través de una cotidianidad que busca su sentido en el sinsentido o, mejor, en el superior sentido de lo clandestino, de la marginalidad sexual, de la aversión disfrazada de caritativa entrega y de la decepción de vivir en un mundo anormal que tolera a los normales. Serna habla de un mundo de adolescentes cautivos en cuerpos adultos y de adultos atrapados en la infantil carencia de motivos. Este libro huele, apesta, a sexo sucio, a hoteles, a sirvientas, a maricones atrapados, a vacío, y sabe a valium, nembutal y a un escritor de 37 años que escribe con la gracia y la imaginación de un niño genio. Que Dios lo salve de convertirse en un adulto.
 atrás.
En Algún Lugar Del Rock, Parménides García Saldaña, Top Editores, México, 1993.
Uno de esos que a uno le cuentan que van con la idiosincrasia rocanrolera, uno de esos que le dicen a uno que no se pierda porque “¿qué, no te gusta el rock?”, uno de esos que inevitablemente se conocen, de los que uno se entera, porque la banda lo lleva en la mochila o en la mano en el metro. Lectura obligada del enfant terrible de la generación de la onda, donde, en algún lugar del rock —perfectamente identificable— han quedado guardados no sólo los sueños de música y viejas y mota, sino los de revoluciones, los de corridos al Che y a Tania, los de un mundo justo y mejor que de tan sobado comienza a desgastarse. ¿Parménides? ¡Oh, él muy bien, como siempre! Su lenguaje sólido, muy alejado de lo lúcido, pero eso es parte del estilo. Los relatos son buenos, escritos al correr de la pluma, algunos en la cárcel de Lecumberri, con un nexo temático y de personajes de lo más pacheco e inquietante, al grado de justificar que los prologistas digan que uno va a leer una novela. Estela Gatica, por ejemplo, princesa de clase media que se pasea por el underground setentero y que aparece en varios de los relatos, es un personaje altamente logrado. Los poemas, bueno, rojillos hasta decir basta, casi panfletarios, caen a veces en el cliché; pero no se puede culpar al poeta, es más bien la consecuencia lógica de utilizar la poesía para fines tan erráticos como los sistemas ideológicos de los buenos hombres. Al final, un ensayo bastante bueno, titulado “Nota sobre la enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo”. Pero, ay, al principio del volumen los buenos amigos del autor no pudieron sustraerse de hacer sus estólidos comentarios acerca de que si todo era mejor en los setenta, que si los rockeros de hoy no salimos del Bulldog —¡ah no, a mí que ni me miren!, yo ni lo conozco—, que si hoy todos somos unos fresas degenerados, que si ya no hay buenos escritores de la onda, que si Agustín es un perverso traidor que vive de lo que escribe, que si nos iba mejor en tiempos de don Porfirio. En fin, los señores deben estar rebasando la línea de los cincuenta, y se les puede perdonar el viejazo. Pero tú no te fijes; recuerda que el buenazo de Par se nos murió a tiempo. Así que llégale a este volumen, que no te será difícil identificar pues trae a un super bizcocho en la portada haciendo ejercicio y enseñando sus calzoncitos —pero qué portada tan rocker y llena de sentido, señores. No es sólo rock, que no te mientan; pero no sólo de rock vive el hombre, y menos en estos tiempos.
 atrás
Lightning Crashes, Live, dirigido por Jak Scott, compañía grande, 1995.
Este extraordinario vídeo desconcierta. ¿De dónde le salió a los gabachos esa mentalidad y ese instinto mágicos? ¿O será que, como ocurre siempre, incluso con los mexicanos, las culturas y los pueblos no son lo que nos dicen las grandes corporaciones? Sea como sea, el vídeo representa todo un descubrimiento: los norteamericanos tienen un sentido espiritual de la muerte, le otorgan un significado de tragedia y trascendencia que uno estaría lejos de imaginar. La extraordinaria dirección de Scott, nieto o sobrino o algo así del legendario cineasta Ridley Scott y otro tanto de Tony Scott, engalana la cadente y etérea canción, incluida en el álbum Throwing Copper, con una atmósfera de tristeza y reflexión extraordinarias, dejándole a uno la incómoda sensación de estar siendo testigo de algo infinitamente íntimo y maravilloso, algo como la magia y los ángeles, algo como el nacimiento y la muerte misma. La emulsión, primordialmente en sepia, subraya la maravillosa fotografía y la extraña edición, que, a ratos, hace uso de una especie de superposición de imágenes pachequísima.
Después de ver videos como éste, uno se pregunta cómo hay todavía tarados ignorantes que consideran que el vídeo “Thriller” de Michael Jackson es el mejor de la historia.
Sin hacer uso de efectos galácticos de ninguna clase, esta gran pieza de música e imágenes nos enseña que, aún siendo una forma de arte popular, el vídeo clip puede explorar con veracidad los más alejados rincones del alma humana.
 atrás
Linda 67. Historia De Un Crimen, Fernando Del Paso, Plaza & Janés editores, colección Ave Fénix/Serie Mayor, México, 1995.
Hablando de thrillers, el año pasado el escritor mexicano Fernando Del Paso sacó su último libro a la fecha. Del Paso, a pesar de sus inmensos defectos como figura pública —entre los cuales el peor es que es más priísta que el pri—, ha permanecido en el gusto del público lector gracias a sus ingentes novelas anteriores: José Trigo, Noticias Del Imperio y Palinuro de México, las cuales le colocaron la etiqueta —elogiosísima— de ser el único escritor latinoamericano equiparable con, ¡agárrense!, James Joyce. Aquí entre nos, a mí me parece que esto es un poco exagerado, pero no puedo negar que, como cultivador del género de novela total, el cual no es nada sencillo y mucho menos común, el señor Del Paso es un escritor extraordinario y casi genial.
Linda 67. Historia De Un Crimen, es la primera de sus novelas que no acude al género de todos sus quereres, y se aleja de sus anteriores trabajos con el abismo inmenso de quien usa un género nuevo: el thriller —prefiero sinceramente el término francés suspens— policíaco. Un marido que no es tan bueno como parece y una rubia despampanante que resulta más mala que las hamburguesas del McDonald's son el encuadre mortífero en el que Del Paso nos regala esta nueva prosa suya, ágil, apasionada e impecable. Tal vez ya no es tan intelectualmente elucubrado como en sus anteriores trabajos —aunque a mí me parece que lo sigue siendo, pero de otra manera—, pero, indudablemente, sigue siendo un escritor fuera de serie.
Un libro que vale la pena como lectura de entretenimiento y también como lectura seria; delicioso y cautivador, como todo buen thriller.
Se consigue en todos lados.
 atrás
El Día De La Bestia, 1er Recopilatorio De Temas Satánicos Seleccionados Por Alex De La Iglesia, Artistas Varios, DRO East Weast Records, 1995.
Aún cuando constituye la banda sonora del filme homónimo de De La Iglesia, éste álbum recopilatorio carece de la frenética gozadera de la película. Se encuentran incluidos demasiados grupos con animosidades rufianezcas, y esto a ratos, lejos de hacerlo interesante, lo hace aburrido o, al menos, redundante. Son destacables los cortes de Def Con Dos —los únicos aparentemente hechos ex profeso para el film—, los de Negu Gorriak, el clásico Mucha Policía, Poca Diversión de Eskorbuto, la esquizofrenia raperona de Sugar Ray, los bramidos del Siniestro Total y los de los siempre bienvenidos Ministry. La rola El Día De La Bestia, donde se juntan el grupo Extremoduro y el vocalista Albert Pla, es en mi opinión la mejor y más rockerona del disco, una verdadera fiesta de funky y valemadrismo ácido. Desgraciadamente, al Alex le entró la pasión y le salieron las plumas, y no pudo pasar de incluir cosas tan desagradables —para mí— como a Soziedad Alkoholica y su rola Feliz Falsedad, que no pasa de ser una ramplona crítica muy mal tocada (alguien debería decirles a estos cuates que el ser detractor no implica el ser pendejo), o a Pantera con su cúmulo ya muy choteado de efectos en todos lados e impecables ecualizaciones de plástico.
El disco es recomendable sólo para aquellos estrictamente interesados, y lo pueden encontrar en cierta cadena de tiendas de discos muy conocida, o en el chopo, of course.
 atrás
Frank Zappa: tres años sin la madre de todas las provocaciones
Dame tu amor sucio, no quiero tu devoción dulce.
Frank Zappa.
El sábado 4 de diciembre del triste año del señor de mil novecientos noventa y tres, estábamos ustedes y yo rascándonos los tompeates (o lo que hiciera falta) en algún lugar, mientras el maestro Francis Vincent Zappa, mejor conocido por el apócope Frank, moría en alguna fétida cama de hospital, víctima del cáncer de próstata. Claro, no faltó por ahí el gracioso imbécil que dejó salir el chiste y la idiosincrasia —ay, el mexicano y su capacidad para reírse de las desgracias— y dijo: “ya ven, eso pasa por cogelón y degenerado”. Pero, dejándonos de mitos y de cosas que obviamos por nuestra fútil concepción de lo que es la vida de las rock stars, en serio, ¿alguien sabe lo que era el maestro Frank Zappa? ¿Alguien por aquí conoce sus motivos o las razones psíquicas de su música? Si alguien lo sabe, pues qué chingón, porque al adentrarme en la obra y el pensamiento de éste profesor entre los profesores se reafirma en mí una vieja convicción: no se puede aspirar a reconocer la psique de un artista a través de sus obras; a lo más que se puede llegar es a entrever ciertos leit motivs —gracias a Satán que existe el término— que, en la gran mayoría de las ocasiones, ni siquiera el artista puede explicar con veracidad. El arte, cuando lo es con entereza y sin motivos baratos, está más cerca de la vieja catarsis de los griegos —catar, en griego, significa vómito— que del gastado discurso intelectual. Y de esa vomitada espectacular, al parecer, sabía bastante nuestro viejo amigo Frank. Sí, el seis de diciembre del mismo '93 se dio a conocer la noticia en México, con los inevitables “¿y ese quién era?” y las rasgaduras teatrales de vestiduras por parte de los que se decían fans de Zappa. La guerra de Chiapas y el truculento y turbulento '94 no dieron tiempo para lamentaciones, en el '95 nos dedicamos a la sana masturbación, y no es sino hasta éste '96 que nos ha visto nacer que decidimos hacerle éste pequeño espacio al locutor entre los locutores en nuestro acongojado corazón. Vaya esta lágrima en forma de biografía mínima como homenaje para un hombre que no supo hacer otra cosa en vida que ser un genio.
Frank Zappa nació el 21 de diciembre de 1940 —por poco le llegaba a los 53 añejos— en la ciudad de Baltimore, Maryland, pero a los diez años se muda con todo y padres a California, la mítica California, y comienza a escribir canciones y a tocar la bataca y la guitarra en los consabidos grupos de la prepa (en este caso, la de Lancaster), donde conoce a Don Van Vliet —que no tardaría mucho en convertirse en el también mítico Captain Beefheart—, con quien forma su primera banda seria: The Blackouts. Zappa se graduó con decoro y consiguió, con ese afán de desmadre que le acompañaría toda la vida, recorrer el circuito de bares tocando con cuanta banda se le ponía en frente. En 1960, casi a los veinte años, escribió una banda sonora para una película de clasificación B —el equivalente gabacho a las películas de monstruos del Santo en México— llamada “The World's Greatest Sinner” (el pecador más grande del mundo), y al año siguiente grabó una rareza, hoy inconseguible, llamada “Memories of El Monte”, canción en la que se encontró acompañado por un grupo llamado The Penguins. En el '63, Zappa hace una nueva banda sonora para otra cinta de serie B, en esta ocasión llamada “Run Home Slow”, y con la feria que le dan se monta su primer estudio propio, el Studio Z, en Cucamonga, California. La lista de grupos con los que se echa la paloma va creciendo: se añaden nombres como The Masters y The Soul Giants. Pero, como siempre en la vida, le va de la verga. Al año siguiente le cierran el Studio Z después de arrestarlo y sentenciarlo a 10 días de prisión en la penitenciaría de San Bernardino (esto, claro, por una trampa: Zappa le editó una cinta de porno duro a un poli disfrazado de vendedor de autos usados, cobrándole cien morlacos que le urgían).
Frank se larga a Los Ángeles, donde, con los restos de los Soul Giants, llamados Ray Collins, Elliot Ingber, Roy Estrada y Jimmy Carl Black, forma un engendro llamado, simplemente, The Muthers; nombre que, durante una estancia de residencia en el legendario club Whiskey A-Go-Go, es corregido a The Mothers. Habiendo sido contratados por la MGM, compañía a la que le interesaba más el fortísimo Rythm & Blues que tocaban los músicos que la ácida sátira social de Zappa, éste recibe presión para expandir el nombre de la banda, dando como resultado el que ahora todos conocemos: The Mothers Of Invention.
Estas madres tan psicóticas lanzan al mundo a sus hermosas criaturas, la primera de ellas llamada Freak Out!, un álbum doble que ostentaba esta llamada de atención en la portada: “¡Hey, hey, miren qué cosa tan rara: dos discos juntos al precio de uno!”. Estamos en el año '67, en el que los Mothers sacan su segundo álbum —prueba inicial de lo prolífico que sería el tío éste— Absolutely Free, y llevan a cabo un concierto en el Royal Albert Hall de Londres con orquesta y toda la cosa. El año siguiente, el año de las revueltas estudiantiles, ve nacer el legendario álbum We´re Only In It For The Money, que contenía una parodia de la portada del disco “Sergeant Pepper's...” de Los Beatles, además de, probablemente, los himnos satíricos más representativos de este señor, como el tema “Flower Punk”, en el que lanzaba una encarnizada crítica a los hippies —se dice que Frank Zappa fue el primero en usar la palabra Punk, ya que lo hizo exactamente diez años antes del florecimiento de este movimiento en Inglaterra—, o “Call Any Vegetable”, canción en la que se invitaba a los escuchas a comunicarse verbalmente con los vegetales. Siguió Lumpy Gravy, el primer álbum que apareció con el nombre de Zappa en lugar del de las madres, una larga excursión instrumental y orquestal por un mundo de collages y risas histéricas. 1969 no se llevó dos sino cuatro: Cruising With Ruben And The Jets, acreditado al grupo del título, Ruben y los Jets, y que no era otra cosa que otra de las bromas macabras de Zappa y los Mothers; Mothermania/The Best Of The Mothers, terminó felizmente con las obligaciones contractuales de Zappa con la MGM; Uncle Meat, “la banda sonora de una película que probablemente nunca verás”, un nuevo álbum doble, marcó una nueva etapa en la historia de Zappa; una nueva etapa de locura y desmadre, en la que el tipo se iba de universidad en universidad dando conferencias sobre “Cerdos, Ponies y Rock & Roll”, y que concluyó con el desmembramiento de los Mothers, al menos en lo que a tocar en vivo se refería. Zappa dijo, al respecto: “estoy cansado de tocar para gente que aplaude por razones equivocadas.”
En este mismo año, Frank se casó con su segunda esposa, Gail, la que sería la madre de sus hijos Dweezil, Ahmet Rodan, Moon Unit y Diva, y se dio el lujo de sacar un álbum más: Hot Rats, aparecido bajo su nombre en la compañía Bizarre/Straight Records, distribuida por la Warner . En el '70, Zappa reforma a los Mothers con el sax Ian Underwood —que había trabajado con ellos desde el '67— y los nuevos elementos George Duke, Jim Pons, Aynsley Dunbar y los ex-Turtles Howard Kaylan y Mark Volman, y saca los álbumes Burnt Weeny Sandwich, casi totalmente instrumental, y Weasels Ripped My Flesh, una combinación de material en vivo y estudio de los tres años previos. En diciembre, lanza el álbum solista Chunga´s Revenge, una verdadera pieza maestra que combina ritmos tradicionales, como el Boogie en “Road Ladies”, con piezas del Jazz más intrincado, ejemplificado en “The Nancy And Mary Music” o “Sharleena”.
En 1971, el Zappa cineasta —que también lo fue— produce el film “200 Motels”, con apariciones de Ringo Starr y Keith Moon, luego de que su guión fuera rechazado por las autoridades de Londres para ser filmado en el Royal Albert Hall con la Real Orquesta Filarmónica (que también aparece en el film); en Junio, el matrimonio Lennon-Ono se avienta la paloma con él en el Fillmore East de Nueva York, aparición que marcaría el regreso de John Lennon a los escenarios y que sería incluida en su disco “Some Time In New York City”. En este año apareció el álbum en vivo The Mothers/Fillmore East - June 1971, y los nuevos Mothers tocaron en la UCLA en agosto, concierto que se volvería la base para el futuro álbum de 1972 Another Band From L.A.. Frank Zappa's 200 Motels, la banda sonora de su película, apareció en Noviembre.
El tres de diciembre de 1971, mientras la banda se hallaba tocando en el Casino Montreaux, en Suiza, el lugar se vio misteriosamente envuelto en llamas. Nadie salió herido, pero la banda perdió cincuenta mil morlacos en equipo. El incendio fue, supuestamente, provocado por un hippie loco que estaba oyendo el toquín en el techo del congal. Este evento fue inmortalizado por Deep Purple en el también inmortal clásico “Smoke On The Water”. Para acabarla de chingar, el diez del mismo mes en el Rainbow de Londres, Frank es arrojado fuera de la escena por el novio de una de sus fans, imbécil celoso, y esto le provoca fractura múltiple de pierna y rodilla y fractura de cráneo; de ésta Frank no se levantó sino después de nueve meses de silla de ruedas.
Pero, bueno, el tipo tenía su Another Band From L. A. debajo de la manga, además del split solista Waka/Jawaca - Hot Rats, un súper instrumental de cuidado, ambos aparecidos en el '72. Los Mothers reaparecen en el '73 con su Over-Nite Sensation, el primero aparecido en la nueva compañía de Zappa, la DiscReet Records, y el primero en convertirse en disco de oro. Su disco solista Apostrophe, que incluye la colaboración memorable del ex-Cream Jack Bruce, es su segundo orégano. El mismo año ve nacer el álbum en vivo Roxy And Elsewhere.
Zappa va sacando las uñas tan prolíficamente que los años parecieran no alcanzarle: 1975 se hace testigo de One size Fits All y el maravilloso Bongo Fury con los Mothers y Captain Beefheart; 1976 lo es de Zoot Allures; un nuevo álbum doble, Zappa In New York, en vivo, aparece en 1978, lo mismo que Studio Tan, el primero de tres álbumes instrumentales que lo librarían de cualquier compromiso contractual, ahora con la Warner; Sleep Dirt y el doble Sheik Yerbouti cierran su ciclo en Warner, y otro tanto hace con su sello DiscReet el instrumental Orchestral Favorites, los tres en el '79; el cuarto álbum de ese año abriría una de las páginas más memorables de la carrera de Frank: el infaltable Joe's Garage, Act I; Joe's Garage Acts II & III abren la década de los ochenta para Zappa; en ese mismo año realiza el pachequísimo filme mitad concierto mitad animación llamado “Baby Snakes”, un verdadero clásico del género; Tinsel Town Rebellion, otro de los infaltables de Zappa y otro de sus inevitables dobles en vivo, inaugura su nueva compañía Barking Pumpkin en 1981; ese año todavía le alcanza para lanzarnos su You Are What You Is, otro doble; en Junio de 1982, aminorando un poco su ritmo habitual, entregó Ship Arriving Too Late To Save A Drowning Witch; The Man From Utopia nos es regalado en 1983, diez años antes de su muerte; 1984 recibe la irónica declaración de principios de un hombre que llevaba declarando sus principios desde siempre: Them Or Us; en el '85, Zappa se divierte sacando una caja con 7 álbumes que incluye remezclas de los cinco álbumes con MGM con el añadido de un “Disco Misterioso” que contiene material nunca aparecido de los años 60's; Frank Zappa Meets The Mothers Of Prevention apareció a principios del '86, al mismo tiempo que el multifacético Frank aparecía en la serie de televisión “Miami Vice”; en 1988, Zappa se ganó el primer Grammy de su vida con Jazz From Hell, que ganó, irónicamente, en la categoría de Mejor Rock Instrumental.
Algunos álbumes se pierden a la memoria numérica y a las más completas reseñas discográficas: Thing Fish, The Grand Wazoo, Shut Up And Play Yer Guitar o You Can't Do That On Stage Anymore son discos que cuentan en la discografía de Zappa y que ahí están, perdidos en la maraña del tiempo y de los increíbles números de este extraordinario artista.
De nada serviría recalcar que Frank Zappa fue un guitarrista virtuoso; él mismo se encargó de desenmascarar ese mito diciendo: “nunca fui un fetichista de la guitarra y todas las cosas que van aparejadas con la mentalidad de héroe-de-la-guitarra me son ajenas”. De nada serviría decir que creó época con sus esquizofrénicos shows, en los que cualquier cosa, literalmente, podía suceder, y que estaban hermanados, por lo provocativos y conmovedores, con el teatro de la crueldad de Antonin Artaud. No sería nuevo decir que Zappa disparaba en todas direcciones, y que se convirtió en un agudísimo crítico de las clases medias mundiales y de la humanidad en general, con una desfachatez y una osadía que harían palidecer a Matt Groening y sus Simpson; amén de que fue uno de los primeros intelectuales que aceptaron la mentada de madre como forma de inteligencia. Para qué subrayar que fue maestro y mentor de gentes como Steve Vai, Vinnie Collaiuta, Terry Bozzio, Adrian Belew y muchos otros que hoy se cuentan entre los mejores músicos del planeta, y que su música es tocada como repertorio por la Sinfónica de Londres y que ha sido dirigida por el también maestro Zubin Metha. Para qué decir que innovó el campo del rock por completo, al grado de dignificar ésta forma popular de arte a la categoría de “música culta”. Para qué decirlo, carajo, si ya lo estoy diciendo; para qué, si él ya no anda por aquí, escandalizando a las buenas conciencias con sus retruécanos auditivos tan increíblemente incomprensibles y deliciosos.
Son ya tres años sin Frank. Los noventas nos amanecieron con Ahead Of Their Time y The Yellow Shark, que hasta ese momento completaban la increíble suma de 64 álbumes oficiales. El número 65 parece que salió en el '94, pero ahí si ya no sé. Lloremos un poco la ausencia de este loco poeta, narrador, guionista, cineasta, actor y músico genial.
Tal vez el único genio de este siglo que concluye; y, ciertamente, él único genio que aprendió a reír.
 atrás.
Rockdrigo: un reencuentro en contra de las afrentas del olvido.
… entonces pienso que he corrido con algo de suerte
en estas páginas dibujadas por la muerte
Rodrigo González.
Nada me impulsa a escribir acerca del maestro. Es algo que he pensado hacer desde hace mucho —y, por supuesto, desde que iniciamos con este cotorreo del Yet—, y hoy que me encuentro sin motivos para hacerlo es cuando el impulso se vuelve primario, tajante. No hay aniversarios luctuosos a la vista, ni homenajes, ni discos nuevos, ni voces llamando desde el más allá con su clamor de olvido. Eso me hace sentir libre, libre para escribir acerca del redrogo sin el más mínimo asomo de presión. Digamos que escribo sobre él sólo porque se me ocurre, en este instante, que es una buena idea.
Pero, hey; hay algo que no es del todo exacto en mi declaración anterior. Hubo algo, ciertas referencias a Rockdrigo, que me lo trajeron a la memoria, esa pobre memoria mía que tiende a olvidarlo todo. Primero, un programa de radio en el que el locutor le hizo una especie de tributo (a las dos de la mañana, o así, el muy valiente); el tío este puso tres o cuatro rolas y habló y habló. No recuerdo mucho de lo que dijo; ciertas impresiones de segunda mano, me parece… ramplonas, para mi gusto. Este tipo, además, hizo una declaración y esa, oh, sí que quedo en mi memoria: “ahora que se ha puesto de moda tocar rolas del Rockdrigo”, dijo, textualmente, hablando obviamente sobre los grupos de rock mexicanos. Había en cabina dos o tres chavos y chavas que gritaban ¡oh!, ¡uh!, ¡ah!, cada que nuestro locutor hacía alguna acotación regocijada sobre el celebrado y cada que comenzaba una canción. No lo sé, no sé qué pasó esa noche, pero me quedó un mal sabor de boca y un nudo en el estómago… algo como rabia, me parece.
Luego, apenas hoy, escuché que alguien mencionaba al poeta en una conversación a mis espaldas. No me molesté en voltear y ver quién andaba por ahí manoseando el nombre, pero me pareció que éste, en aquella voz y en aquel momento, no era más que una palabra hueca. “Rockdrigo”. ¿Qué diablos es Rockdrigo? Cuando uno dice “Metro Balderas”, eso no significa nada, nada hasta que uno se percata de que “Metro Balderas” significa un lugar en el que puedes perder el amor y también uno en el que puedes encontrarlo. Parecería que “Perro en el periférico” no es una idea comprensible sino hasta que uno mira a una burócrata del más ínfimo nivel en medio de una oficina atestada de odiosos pagadores de impuestos que están tan perdidos como ella.
Puede uno sentarse a escuchar una buena cinta de Rockdrigo en el sillón más cómodo de la sala, con un café humeante o un sueño en la mano, o un vaso de alcohol, o un distante instante, uno de los nuestros; pero se me antoja pensar, hoy, que, en tal caso, si lo hiciéramos así, no entenderíamos un pepino. Porque el universo del maestro nos es tan cercano, nos es tan imprescindible, incluso, que a veces somos incapaces de verlo. Rockdrigo supo ser tan netamente cotidiano, tan poéticamente vulgar, que, al escucharlo, a veces se nos escapa que nos está hablando de algo que podría ser, que es, nuestra vida.
La vida del mexicano promedio; del asaltante promedio; del ama de casa promedio; del loco promedio. Rockdrigo demostró que la locura y el sinsentido son algo más cercano, más acechante, de lo que nosotros imaginábamos. Claro, un tío que tocaba canciones de protesta en burdeles, acompañado de un violinista, tenía que saber mucho de eso. Porque, epa, resulta que los escenarios del redrogo existen, querido escucha/lector que estás sentado en tu sillón con café en mano. Resulta que la muerte puede alcanzarte en cualquier lugar, frente a un vaso de licor mientras lloras la pérdida de tu amor, o cuando apenas descubres que ya no te queda tiempo para cambiar tu vida. Resulta que hay allá en el mundo —e incluso adentro de tu casa, ¿porqué no?— un ama de casa un poco triste o una diva francesa en potencia. Incluso, con un poco de suerte, ese personaje fatídico podrías ser tú.
Así que, querido señor locutor, ¿se pregunta usted porqué se ha puesto de moda el tocar canciones de Rockdrigo? Permítame exagerar sus sentimientos y decir ¿se queja usted de que todo el mundo quiera tocar canciones del Rockdrigo?
Deme su venia y disculpe mi atrevimiento; aquí va mi teoría: Rockdrigo sigue siendo tentador para muchos de nosotros por el simple hecho de que habla acerca de cosas que, los de este lado, todavía no acertamos a ver. Cosas que no aceptamos. Como Chava Flores, sí, acepto la comparación. ¿No le decían el Bob Dylan de la colonia Juárez? Pero déjeme hacer otra, por favor; mi comparación disparatada, hiperbólica —y vuelva a disculparme, si aún le quedan disculpas en el bolsillo—: yo compararía a Rockdrigo, sin temor a equivocarme, con Henry Miller.
Adiós señor locutor; apresúrese, que se le enfría su taza de café, y la cinta está a punto de acabarse.
 atrás.
Poesía, François Villon, editorial Origen, colección Historia de la Literatura Universal, México, 1984.
Paradigmático, legendario, casi un icono, François Villon es, hoy por hoy, uno de los poetas más vigentes del medioevo. Si bien su vida y sus andanzas han servido como retrato —y prefiguración— del poeta malandrín y degenerado, no es sino a través de sus palabras, que es finalmente lo único que nos queda, como se puede descubrir al hombre sensible y audaz que era no sólo él, sino la mayoría de los artistas de la época.
Villon fue danzante y cómico de troupe, salteador de caminos, ladrón de colegios —delito por el cual estuvo, por pura mala suerte, encerrado durante muchos años en una sórdida prisión—, estuvo condenado a la horca varias veces y murió en el destierro. Aún así, se dio tiempo de dejarnos un cúmulo si no muy extenso, sí riquísimo de poemas. En especial, sobresalen los celebérrimos Testamento y Legado (también llamado Pequeño Testamento), ambos incluidos de forma íntegra —lo cual sí es mérito, porque son poemas más bien largos— en este volumen exquisito. La bella traducción es de Carlos Alvar, quien además ofrece una muy bien llevada selección de notas al final que explican los pormenores del desarrollo de los poemas. Tomando en cuenta que son escritos cuyo más inmediato objetivo fue escarnecer a los enemigos del poeta, esta arma es infalible e imprescindible.
El libro debe ser aún conseguible, si no en esta edición, sí en una anterior —irónicamente más localizable— hecha por Alianza editorial. Además, siendo éste un clásico, el espectro de ediciones conseguibles debe ser amplísimo. Yo, personalmente, recomiendo ésta, por lo excelente de la traducción.
Por cierto, un muy ejemplar y distinguido discípulo de Villon en nuestros días es el poeta y músico genial mexicano Arturo Meza. Digo, por si quieren echarle un ojo.
 atrás.
Deftones, Adrenaline, compañía grande, 1995.
¿Adrenalina?!!!… El título de la primera canción de este disquillo debería nombrarlo por completo: Bored. Aburrido, aburridísimo. Estos maestros se quedaron a la mitad del camino entre lo agresivo y lo vale madres; resultado: me cago.
Les deseo mucha suerte a estos chicos —y muchas medallas—, porque la van a necesitar.
Cómpralo sólo en caso de que tengas mucho, mucho dinero de sobra, mucha, mucha indulgencia, y nada mejor qué hacer con tus oídos.
 atrás.
Antes De La Lluvia. (Macedonia, Gran Bretaña, Francia, 1994) Dir: Milcho Manchevsky.
Maldita sea. Hace un año, cuando tuve el privilegio de ver esta cinta maravillosa por primera vez, juré que no diría nada, juré que no daría mi opinión. Me parecía que no podría abarcar con palabras todo el sentimiento y toda la belleza. Hice un voto de silencio, o algo parecido. Pero hoy la he visto de nueva cuenta, y ese monje anciano que mira al mar me aventó su frase en la mismísima jeta: “Toda esta belleza merece las palabras”. Aún así, querido monje, sigo creyendo que es imposible.
Así que aquí va la cosa. VÉANLA. Sólo eso. Búsquenla y encuéntrenla, porque está cabrón que haya otro intento más elocuente y más acabado por capturar la condición humana en todo lo que tiene de contradictorio, la condición humana en este fin de siglo, al menos en lo que a filmes se refiere. Capturar lo que el hombre hace de la guerra, lo que la guerra le hace al hombre. El amor, la piedad, la misericordia, el duelo, el dolor, la intolerancia, la falta de comunicación. El tiempo en contra, el tiempo a favor; el tiempo como en un cuadro de Escher. Cómo evitar la muerte, y cómo la muerte, a pesar de todo, nos encuentra. Todo eso.
Una verdadera obra maestra, probablemente una de las más hermosas películas que se hayan filmado en este primer siglo de cine, con la fotografía-acuarela de Mahuel Terán y la dirección arrebatadora —sorprendente al doble cuando uno se entera de que esta es su ópera prima— del maese Manchevsky, amén de la atmosférica e inusitada música del grupísimo Anastasia.
Después de ver Nostalghia, del profesor Tarkovsky, no creí volver a decir lo mismo de una película, pero aquí va:
Más que un filme, esto es un poema. Y, como tal, encierra en sí todos, todos, los significados.
 atrás.
Almuerzo Desnudo. (Canadá, USA, Gran Bretaña, 1991) Dir: David Cronenberg.
Resultaría necio apuntar que esta película es una adaptación del libro casi homónimo de William Burroughs, si no fuera porque, en realidad, no lo es.
Cronenberg, conocido en México por sus películas La Mosca, Zona Muerta, Videodrome, M. Butterfly, y más recientemente con Extraños Placeres, consigue en esta película algo que a los puristas podría parecerles imposible: una cinta basada en un libro que no traslada el libro a la pantalla. Dicho más específicamente: esta película habla, sí, del libro en el libro. Cronenberg atestigua la locura dentro del mítico Naked Lunch; atestigua los años que el maestro Burroughs pasó en Tánger, el asesinato accidental de su esposa Joan, su amistad, no carente de rasgos mafufos, con Jack Kerouac y Allen Ginsberg, su homosexualidad violenta y, principalmente, los demonios del creador. Pero, claro, los personajes del libro aparecen, se materializan, se hacen reales, porque, después de todo, lo han sido siempre. Así, por ejemplo, nos topamos con el doctor Benway, experto en manipulación de la consciencia, o los famosos Mugwumps, o Chaqueteros, que pueden ponerte mariguanísimo si te tomas un litrito de la baba que les escurre del pene; y qué decir del ano que habla, viejo amigo de este fanzine.
La película no es sólo recomendable para aquellos afectos a los escritos de Burroughs, sino para todos aquellos que gusten del buen cine de ciencia ficción (¿o fricción?) y de las emociones fuertes.
Parece que es conseguible, según mi prima, con el chavo que vende películas en el chopo. Ojalá.
 atrás.
El Beso De La Mujer Araña, Manuel Puig, editorial RBA, España, 1993.
¡Jesú' de Veracru'! Poco hay qué decir sobre el particular. He aquí un libro extraordinario, cuyo título ha sido revitalizado en las conciencias mexicanas por la reciente adaptación a comedia musical (que no he visto y de la que no puedo opinar) que se presenta por ahí en un teatro comercial con actores más que comerciales.
Este libro habla sobre opuestos que se atraen, sobre ambivalencia, sobre cómo lo que decimos nos caracteriza más que lo que hacemos. El libro contiene, además, una serie de notas al pie que ilustran maravillosamente la evolución de la teoría psicoanalítica sobre la homosexualidad; aspecto que es, casi, el meollo del asunto.
Manuel Puig, argentino, que por cierto murió en nuestro país, en Cuernavaca, en 1990, hizo aquí uso de sus más elocuentes y aventurados recursos narrativos, y el resultado es una novela ágil, mágica, que se va como agua entre los dedos, y que por cierto fue adaptada al cine por Héctor Babenco en un filme bellísimo protagonizado por William Hurt y el desaparecido Raúl Julia.
Libro súper recomendable, a secas, conseguible en varias ediciones de muy diversos precios.
 atrás.
¡Auuuuuuuuuuuuuuuuu!: O cómo ser poeta homosexual y volverse un tanto loco en el intento
Mi intención era hacer un retrato de la mente, con todo y errores. Por supuesto que aprendí que soy un idiota, un idiota completo, que no era tan profeta como me creía. La enfurecida filípica a veces se interponía con la percepción clara. Yo pensé que los norvietnamitas serían mejores de lo que resultaron ser. No hubiera marchado contra el Sha si hubiera sabido que los fundamentalistas resultarían ser mucho peores.
Allen Ginsberg.
Hijo del poeta y maestro de escuela Louis Ginsberg y de la inmigrante rusa Naomi Levy, Irwin Allen Ginsberg nació el 3 de junio de 1926 en Newark, New Jersey, donde fue educado en un caldo extraño que fluctuaba entre el socialismo moderado de su padre y el comunismo radical de su madre. La locura fue siempre parte de su vida, un halo que lo envolvía, tanto por convicción como por herencia; ahí estaba su pobre madre loca, para probarlo: una nudista disoluta e indomable, arrastrada por toda suerte de padecimientos mentales desde su temprana adultez, que terminó internada en un sanatorio y lobotomizada por todo lo alto, muy en la estúpida tradición americana. Ginsberg definía a sus padres como “dos filósofos chapados a la antigua, de delicatessen”.
Nuestro joven Allen se matriculó en la universidad de Columbia, pues quería ser abogado de divorcios —lo de “de divorcios” intenta ser mezquinamente sardónico, no os lo vayáis a tomar en serio—, pero prontamente se decide a mandarlo todo al carajo para dedicarse a la escritura, afortunadamente. En esta celebérrima universidad conoce a sus muy célebres carnales Jack Kerouac, Neal Cassady y Lucien Carr, de quienes fue, además de brother in arms, amante. Ginsberg no tuvo ningún problema para declararse homosexual y darle vuelo a la súper hilacha, lo que le llevó a tener algunos episodios mierdosos que hoy, of course, son ya parte de la leyenda; como su expulsión de la universidad, atribuida a alguno de los siguientes —o a los dos al mismo tiempo— episodios: cuéntase que Ginsberg, durante su romance con Carr, le dejó guardar objetos robados en su habitación; un día llegó la tira a sus aposentos y Allen fue acusado de asociación delictuosa (sí, eso mismo de lo que lo acusan a uno cuando le arrestan por chupar en la calle con la banda). Ginsberg alegó incapacidad psicológica y fue encerrado por ocho meses en un psiquiátrico, mientras que Carr fue sentenciado a prisión por asesinato. El otro cuento es más creíble —y más vulgarmente romántico, por supuesto—: se dice que Ginsberg fue expulsado de Columbia, já, porque fue hallado en la misma cama con Kerouac, y seguro que no contándose chistes.
Una vez liberado de la universidad, Ginsberg trabajó en una empresa de publicidad, como él lo contaba: “intentando determinar qué palabra preferirían los estadounidenses para definir sus dientes: 'resplandecientes' o 'glamorosos'”. Pronto se hartó de eso y, botando el trabajo, se largó a Frisco —San Panchito, pues— y se dedicó a lo que mejor hacía, escribir. Ahí conoció al nutrido grupo de literatos de esa ciudad, formado, entre otros, por Michael McClure, Gary Snyder, Kenneth Rexroth, Phillip Lamatia y Peter Orlovsky, éste último su pareja hasta el día de su muerte. Howl fue su primer libro publicado, largo poema conceptual en el que aceptaba su homosexualidad y declaraba a ultranza su formación comunista. Publicado en la más severa etapa McCarthysta, el libro fue secuestrado por la policía y acusado de obscenidad, y su editor, Lawrence Ferlinghetti, enfrentó un juicio que, cosa más grande, ganó, sentando todo un precedente en la historia de la cultura norteamericana. El juez declararía que la obra del poeta tenía “una importancia social redimible”.
La celebridad alcanzada por el juicio hizo posible la publicación de Kaddish and other poems, en 1961, e hizo que Allen iniciara ese largo éxodo, que ya no terminaría, dando conferencias y leyendo sus poemas, cosa que realmente disfrutaba haciendo y que fue evolucionando de la simple lectura a todo un performance en el cual el poeta tocaba instrumentos percusivos o acordeones y aullaba y cantaba mantras y se malviajaba para deleite de los asistentes (durante el Primer Festival Internacional de Poesía, en Morelia, hace como veinte años, Ginsberg se dio uno de esos pasones pal' gozo de algunos afortunados mexicanos).
Para Ginsberg, la poesía no era nada más que observación. Y él acostumbraba observar de cerca, de muy cerca. Y, siendo un contestatario, un disidente, no podía estar mucho tiempo en paz. Así, alguna vez fue expulsado de Cuba por decir que el Ché Guevara estaba muy “mono”; fue sacado de Checoslovaquia por aceptar el premio Rey De Mayo, otorgado por los estudiantes disidentes de Praga; celebró, junto a Timothy Leary, el uso indiscriminado del LSD y otras drogas, y fue muy cuaderno del también locutor Ezra Pound.
Su primera y tal vez más vital influencia la recibió de los junkies, los marginales de azotea, los hispanos y demás inmigrantes jodidos, el East Village y el Lower East Side de Nueva York, donde vivió la mayor parte de su vida. Howl, tal vez por su celebridad de segunda mano pero también por su innegable y reveladora fuerza, se convirtió en la guía de toda la generación Beat. El largo poema es una auténtica invectiva, un grito cadencioso que parece brotar de una mente y una dicción y un uso del lenguaje sobrecargados, de exploraciones temerarias en los rincones más alejados de la percepción y los más inmediatos de la honestidad. Sus otras influencias se cuentan, sin duda, entre lo mejor de la tradición poética en lengua inglesa: Milton, Shelley, Wordsworth, Poe, Marvell y, sorprendentemente, Emily Dickinson. Por supuesto, Walt Whitman y William Blake fueron los más notables antecesores del estilo de Allen. Hay que hacer notar que Ginsberg dedicó gran parte de su vida a estudiar a Blake, y en sus recitales cantaba las célebres Canciones de Inocencia y Experiencia, a las que él mismo les compuso música. Allen creía en la función esencial del poeta como un cantor, y esto le llevó hasta los mantras, esas repeticiones de sonidos que te llevan hasta un muy decoroso estado meditativo. Las visiones panteístas de Blake y Wordsworth empataron bastante bien con sus experiencias psicotrópicas y las de sus compañeros de generación; podría decirse que fue él quien casó a Blake con la generación hippie y hasta con el desaguisado punk. Para Ginsberg todo esto era parte del mismo cuento, una tradición que ve la creatividad como una forma de conocimiento y una investigación —a veces incluso trágica— de los límites de la propia consciencia. No es de extrañar, pues, que entre los admiradores de Ginsberg se haya contado Jim Morrison, así como Yoko Onno, Bob Dylan, Vaclav Havel, Michael Stipe, Patti Smith —mi reina— y el muy publicitado y célebre a últimas fechas cantante de los Smashing Pumpkins, Billy Corgan. La herencia de Allen es una poesía espontánea, inconsciente, capaz de captar “el arcángel del alma entre dos imágenes… dos polos opuestos que se relacionan mediante un chispazo de la mente”, como él lo expresaba. Algo como lo que hacía la escuela surrealista y la imaginista de Pound y Amy Lowell. “Antes que nada, puedo decir de mi trabajo literario que no tengo oficio alguno, y que no sé lo que estoy haciendo”, declaró alguna vez. La materia de su poesía, su tema, era la mismísima acción de la mente. La mente como testigo del hombre. Ginsberg no corregía sus textos, pues para él la verdadera labor del poeta —como para los grandes pintores chinos y japoneses— consistía en lograr un impecable estado de atención que permitiera una observación perfecta. Pero, a diferencia de los pintores, Ginsberg no observaba el paisaje exterior, sino que se concentraba en su propio pensamiento, y eso era lo que transcribía. “Si estás interesado en la escritura como una forma de meditación o de Yoga introspectivo, como yo lo estoy —decía— entonces no hay nada qué corregir”. Pa' pronto, para Ginsberg el oficio del poeta era observar con atención la mente. Esto lo aprendió de Kerouac, así como de buena parte de la tradición Hindú, Budista y de la tradición Jasídica.
Lo más chido es que todos estos viajes de Ginsberg no sólo no estaban en contradicción con su mundo real, sino que participaban de una forma muy natural y activa en su vida diaria y en sus convicciones políticas. No hay que olvidar que Allen, lejos de ser un hippie huevón inmovilizado por sus fieros pasones interiores, fue un hombre profundamente inmerso en los problemas y las contradicciones de su tiempo. De nuestro tiempo.
Ginsberg sabía que el mundo está siempre amenazando y amenazado con toda suerte de catástrofes terminales. En una entrevista de los ochenta declaró: “Nunca los poetas tuvieron que afrontar la posibilidad de la destrucción del mundo entero”, de ahí que se preocupara por cultivar formas de arte que pudieran sobrevivir a una catástrofe, formas que no necesitaran ni la imprenta, ni el radio, ni el cine, ni la televisión ni ningún otro medio ajeno al hombre para ser practicadas. Igual que Gary Snyder o James Douglas Morrison, Ginsberg regresó a la antigua tradición oral, a la voz, el gesto, el cuerpo; formas poéticas fáciles de memorizar y de cantar. De ahí el memorable “mercedez benz” que cantaba Janis Joplin,, de ahí el afán por las Canciones de Inocencia y Experiencia, de ahí los mantras.
Eso no le impidió, por supuesto, intervenir en algunos cotorreos extraños, como su actuación en la célebre película Ciao! Manhattan, alucine medio biográfico sobre la maravillosa star de Andy Warhol, Edie Sedgwick. Por supuesto, su opinión al respecto era un tanto escueta pero la mar de divertida: “Nunca tuve una idea clara del tema de la película. Lo único que querían de mí era que cantara mantras hacia Nueva York desde el otro lado del río. Pensé que era algo inofensivo, de hecho hasta podría hacer algún bien mediante el contraste de la desnudez y la confianza en uno mismo… No estaba muy claro lo que había qué hacer: unos cuantos jóvenes vagando por el bosque hacia un precipicio que daba a Manhattan. ¿Se suponía que yo debía ser una especie de rey sátiro que guiaba a una banda de hippies a través de los bosques para que contemplaran la civilización moderna? ¿La caída de la casa de Usher? ¿Los nativos espiando entre los arbustos? ¿King Kong? Al parecer, era algo así. Nunca vi lo que filmaron.” Claro, lo que para Ginsberg fue una pavada digna de un niño con su paleta, para una buena consciencia lo pudo ser todo. He aquí, como entremés, lo que opinó la madre del productor de la película sobre la secuencia de Ginsberg: “Estaba muy impresionada por algunas de las cosas que vi. Por ejemplo, un día estaban rodando exteriores y tenían a Allen Ginsberg sentado en un tronco rodeado de jóvenes mientras recitaba su karma o su mantra o lo que fuera y ahí estaban todas esas muchachas y hombres alrededor y él estaba en cueros. Completamente desnudo. Lo estaban filmando y yo le dije a mi hijo: 'Si incluyes eso en la película, haz el favor de no poner nuestros nombres en los títulos de crédito porque no quiero estar vinculada en absoluto a este tipo de cosas. Me da igual que sea Allen Ginsberg.' No era el tipo de cosas que se hacían en mi generación y no sé si Allen Ginsberg es mucho más joven que yo pero estoy segura que tampoco era propio de la suya. Ni de ninguna generación.”
Nadie como Ginsberg y sus secuaces para escandalizar a las matronas con doble moral burguesa, para sumergirse en la más temible y placentera locura y para pasar a mejor vida con las chanclas bien, pero bien puestas. En 1972 recibió el Premio Nacional del Libro de EE.UU. por su Fall of America, y poco antes de su fallecimiento terminó el recientemente publicado De la fama y de la muerte. Su obra poética incluye, además de los ya mencionados, Reality Sandwiches (1963), Poems All Over The Place: Mostly Seventies (1978), Mortaja Blanca (1987, compilación de su obra poética más actual hasta ese momento, cubriendo el período 19801985), entre muchos otros. En prosa destacan sus muy chipocludas Yage Letters (1963), en colaboración con William Burroughs, Indian Journals (1970), The Vision Of The Rememberer (1974) y Journals (1977). Para aquellos navegantes de internet, entre otras páginas visitables, hay una plana central de Ginsberg (www.charm.net./~brooklyn/People/), en donde se pueden ver sus obras completas, su biografía, algunas de sus fotografías (porque, además de poeta, fue un bonche de otras cosas), y un recorrido virtual por la famosa Six Gallery, que fue uno de sus sitios predilectos para aventar aullidos, o sea para leer sus poemas.
Hasta ahí. Vaya un sentido pésame para todo el mundo —más bien, para todo aquel que le interese— por la muerte de este maestro entre los maestros, y dejemos que sea él quien se despida:
Veo la función de la poesía como un catalizador de estados visionarios, y digo visionarios porque sólo en esta época de grosero materialismo en que nos hallamos, totalmente desvinculados de nuestra propia naturaleza y de la naturaleza que nos rodea, las enseñanzas más naturales nos parecen visiones.
Allen Ginsberg
Requiescat In Pace, después de tantas guerras.
 atrás.
Oficio de Tinieblas 5, Camilo José Cela, coedición Origen/Planeta, Colección Literatura Contemporánea, México, 1986.
Don Camilo fue uno de los protagonistas del accidentado y circense evento, ese de Zacatecas, ese de la dizque lengua, y pareciera que fueron las suyas las intervenciones más juiciosas o, al menos, las que menos acudieron al vodevil y la marometa chocantosa. Claro, el ruco no tiene ninguna necesidad, no después de haber hecho con la lengua —el lenguaje, pues— justamente lo que se le vino en gana, en este memorabilísimo Oficio de Tinieblas 5.
Aunque parezca extraño, este libro no debe leerlo cualquier persona. No está hecho para eso. Sólo debes acudir a él si se te acabó el ácido lisérgico, o si tu conecte no te quiere vender los champiñones, o si tu abuelita huyó con tu guardado de peyote. Entonces, y sólo entonces, cáele de volada a este exquisito —pero aterrador— disparate, y lánzate a descubrir que tú, tu primo, tu padre, tu abuelita, la degenerada novia de tu primo y algunos otros monstruos son los protagonistas de este ritual pletórico de sinsentido; ritual que te envuelve y te condena, porque eres parte del mundo, no el vulgar que ves a diario, sino este infernal que se crea al abrir el libro
Y si logras salir con vida —este libro podría ser considerado el Necronomicón de la literatura en español (y lo digo, coño, con el afán de exagerar majaderamente)—, si logras conservar la cordura, entonces podrás darte cuenta de que, aunque son la materia primordial, la lengua, el lenguaje, las palabras, ¡afortunadamente!, no son la Literatura.
Que Dios salve a la Reina.
 atrás.
La Femme D'a Côté. (Francia, 1981) Dir: François Truffaut.
¿Quién es el valiente que puede asegurar que el amor, visto como un sentimiento, en cuanto humano, no es sujeto de caer en los más aberrantes extremos de morbidez y trascendencia? Pues bien, François Truffaut propone en esta cinta, sin la ramplona y ofensiva visión de ciertas cintas hollywoodenses (marca Atracción Fatal y demás sandeces), propone, decía, que el amor no es sólo eso, mórbido y trascendente, sino que es un fin en sí mismo, un final, una culminación deseable, después de la cual puede venir el vacío, el abismo.
Con las actuaciones magníficas del maese Gérard Depardieu y la sorprendente Fanny Ardant (¿dónde, dónde se puede ver más de esta profesora?!), La Mujer De Al Lado, como dícese en español, se erige como una precursora del thriller amoroso —contando con una mesura y un buen tino de los que carecen casi todos los otros filmes del género— y como una estupenda muestra de que el amor es más eversivo que el hambre.
¿Alguien allá fuera ya lo había sospechado?
 atrás.
Ridicule. (Francia, 1996) Dir: Patrice Leconte.
Ya que estamos en cine francés, veamos algo más reciente. Leconte, a quien le recordamos con beneplácito aquel filme extraordinario llamado El Marido De La Peluquera, da rienda suelta a su preocupación por el pasado histórico de su pueblo, y presenta este Ridículo, mordaz y hasta cierto punto cínica visión de la corte de Luis XV, con todos sus excesos y decadencias y, sobre todo, con su mórbida indiferencia.
Aunque algunos podrían extrañar la vívida humanidad de la ya citada El Marido De La Peluquera, y podrían pensar que Leconte se escuda en el preciosismo fastuoso de sus imágenes para ocultar una historia sin fondo e incluso ofensiva, creo que, en su afán de testigo y no de juez, el director fabricó un lenguaje sosegado y muy elocuente, echando mano de muy buenos actores y de una ambientación que raya en lo muuuuy chingón.
Por cierto, durante toda la película, en especial en las escenas que se referían a la corte, no pude dejar de acordarme del PRI. Si algún psicoanalista la ve y me puede decir porqué, se lo agradeceré casi eternamente.
 atrás.
Café Bagdad. (Alemania-EUA, 1987) Dir: Percy Adlon.
Café Bagdad es un llamativo testimonio de lo que el abandono y la soledad le pueden provocar a los seres humanos, cuando se juntan dos o más; lo inesperado: una solidaridad nada ramplona y el mutuo entendimiento de que nada está hecho a la medida de los humanos y de que, sorprendentemente, es eso lo que hace a los verdaderos héroes, los cotidianos, los que no le ponen ningún remilgo a la palabra generosidad.
Dotado con extraordinarios actores (incluido Jack Palance, que interpreta a un veleidoso y seductor pintor entrado en años), y con una dirección que explota desolados parajes geográficos para ilustrar una historia esperanzadora, Café Bagdad es, sinceramente, un filme para verse sin mayor dilación.
Si tienen suerte, la topan en algún vídeo o cineclub respetables.
 atrás.
El Jardín Del Edén. (México, 1994) Dir: María Novaro.
¡Aaaarghh! La proyección de este limitado esfuerzo incluyó plañidero y lisonjero debate final con la directora. La película es buena. Sorprende la calidad de la cinematografía y desconcierta la pobreza de la historia, la incierta calidad de las actuaciones y lo desdibujado del retrato de una ciudad de Tijuana “que-es-la-de-a-de-ve-ras”. Deberían volverla a filmar, porque yo, de plano, no me la creí.
 atrás.
Leolo. (Canadá-Francia, 1992) Dir: Jean-Claude Lauzon.
Leolo Luzone es la infancia rediviva, ese espacio de locura en el que nuestra vida estaba justificada, y viceversa. Leolo es la fantasía, el acto de la imaginación llevado hasta sus últimas consecuencias: el abandono de este mundo. Nada puede escapar a su embrujo; ni su nacimiento, ni esos monstruos que lo acompañan y a los que llama su familia, ni ese su afán por capturar la vida en palabras.
Y pensar que alguien, en el debate, redondeó las cosas diciendo “Leolo tenía pedos”.
Cabe destacar, dentro de esta hiperbólicamente destacada cinta, el score musical, que va desde la indescriptible Loreena McKennitt hasta los siempre cachondos Rolling Stones.
De lo mejor; una cinta quintaescencial. A secas.
 atrás.
Capitán Connan. (Francia, año no disponible) Dir: Bertrand Tavernier.
Con todos los grandes atributos de las cintas épicas, Capitán Connan echa un vistazo a las partes escabrosas del único quehacer que convierte al hombre en criminal con el beneplácito de todos: la guerra. ¿Qué tan deshonroso puede ser convertirse en héroe, y qué tan heroico es convertirse en un asesino mercenario?
Tavernier lanza un juicioso cuestionamiento acerca del valor histórico de la violencia en contraposición con el valor histórico de la honorabilidad. Una película magnífica, un tanto limitada por los reveses de su propia historia.
 atrás.
Un Lugar En El Mundo. (Argentina-Uruguay, 1992) Dir: Adolfo Aristaráin.
Aunque apela a un costumbrismo harto socorrido en el cine latinoamericano, este filme sorprende por la riqueza de sus personajes, la construcción impecable de su narración, y el roce novedoso (en el sentido de que no se da de golpes en el pecho) que tiene con temáticas recurrentes de este lado del mundo: caciques, la sempiterna “revolución” y nuestro jocoso tercermundismo. Cinematográficamente, la cinta está bien hecha, pero hasta ahí. Sin embargo, su mérito es retratar cierta carga de desesperanza, o cierto relevo de esperanzas, en todos aquellos latinoamericanos que comienzan a darse cuenta de que la revolución ya no es en nosotros sino atavismo y que deberíamos sustituirla con un poco de imaginación, un mucho de buena voluntad y una multitud de revoluciones íntimas.
Esta pieza de arte se parece más a un buen libro que a una buena película.
 atrás.
Tierra Y Libertad. (Inglaterra, 1995) Dir: Ken Loach.
Una mierda; esa es mi opinión personal. Véanla sólo si todas las malditas mañanas se despiertan cantando “La Internacional”. Un gran vacío. Muy recomendable si tienen severos problemas para dormir; seguramente les provocará una notable mejoría.
 atrás.
Derribando Las Estrellas (¿?). (EUA, año no disponible) Datos de dirección no disponibles.
Nada es seguro con esta cinta, salvo que es una gabachada hollywoodense bastante omitible. Una historia simplista y limitante, de esas que a los panistas regocijarían sin duda. Buena onda, light hasta decir basta. Actúa Gérard Depardieu, pero eso no salva la cinta. ¿Se llama así el filme, cómo rayos se llama el director —o directora—, en qué año fue hecha? Me cae que ni siquiera importa. Para nuestra desgracia, seguro pronto la estrenan comercialmente. Así es la puta vida.
 atrás.
Love, Etc. (Francia, 1996) Dir: Marion Vernoux.
¡Vaya! La cosa se puso suave con este filme de amor —huelga decirlo— en el que la soledad se confunde con la compañía y la lealtad con la traición (festiva traición, después de todo). Vernoux nos expone aquí una extrapolación de la guerra de los sexos a la guerra por el sexo. Una película gozosa y risueña que no deja caer su ritmo ni su inapelable mensaje, y que me recordó, sin lugar a dudas, a La mujer de al lado, pero en un sentido opuesto: algo que se pudo convertir en una tragedia termina siendo una invitación a la “aceptación posmoderna” que propone Jaime López en su rola “el hombre de Wall Street”.
Una cinta que no debe faltarle a tu cerebro.
 atrás.
¿Qué? (Italia-Francia-RFA, 1972) Dir: Roman Polanski.
¡Simón! Faltaba el escarnio 'pal cerebro. Llegada la hora de las súper brujas, cuando los párpados comenzaban a jugarnos bromas pesadas, nos sorrajaron esta maravilla de sinsentido (insisto: aquí debió estar la falacia comunista). Sin embargo, la proyección fue una venida litrosa, textualmente. Polanski nos receta una cápsula de silocibina de algo así como dos horas, en las que toda suerte de paranoias y déjavus nos envuelven y nos revuelcan. Los personajes de esta historia sin historia son de astracán, y la narrativa se emparienta con el absurdo y lo rebasa. ¿Qué?, nos hace preguntarnos precisamente eso, ¿qué?, y nos encierra con una cadena de acontecimientos inconexos para después soltarnos con la negación suprema: esa mujer que huye y que le dice a uno de sus perseguidores: tengo qué irme para que pueda terminar la película. Roman Polainas niega aquí, primordialmente, al cine mismo y todas sus convenciones. ¿Godard, oí que decía alguien por ahí?
Imperdible, señoras y señores.
 atrás.
Viviendo En El Olvido. (EUA, 1995) Dir: Tom di Cillo.
Esta extraordinaria cinta se suma a la ya muy nutrida fila de esfuerzos independientes que están torciendo con muy buen tino a la industria cinematográfica norteamericana. El nombre de Tom di Cillo se suma a los de Quentin Tarantino, Jim Jarmusch, Gus Van Sant y el también recientemente estrenado Larry Clark. Con todas las constantes de esta generación sorprendentemente contestataria, educada con el lenguaje del cómic y MTV, Viviendo En El Olvido es una divertida aproximación al fenómeno de hacer cine. El título es el de una película a cuya caótica filmación asistimos a través de tres historias —muy en el estilo de Tarantino, Jarmusch y demás—, tres sueños que se nutren (¿o desnutren?) de las vicisitudes propias de intentar dedicarse al arte sin ningún respaldo institucional o de cualquier otra índole. Di Cillo ha aprendido de sus anteriores trabajos como asistente de Tarantino, pero su lenguaje es mucho más sincero y divertido y mucho menos pretencioso en el plano intelectual. Y tal vez menos trágico. Si Tarantino se ha burlado de sociedad y crimen y ha renovado el cine noir, volviéndolo autárquico y provocativo, Di Cillo parte de ahí y comienza por burlarse de Tarantino, de sí mismo y toda la new-wave de cine-al-margen y su intento finalmente acomodaticio. La mala leche se ha vuelto groovy, ¿no?
La película cuenta además con el atractivo de estar protagonizada por el extraño Stephen Buscemi, el tipo con la cara más desencajada de la pradera, y al que ya antes habíamos visto en papeles de reparto con Tarantino y en El Tren Del Misterio de Jarmusch; a esto se añade la cagadísima actuación de James Le Gros, que parodia a cierto actorcete engreído (léase Brad Pitt) a quien Di Cillo retrata con cierto humor luego de sufrirlo en la filmación de Jhonny Suede, su otro filme.
Acudiendo a la simpleza, éste es otro buen madrazo de los chicos malos de Hollywood.
 atrás.
La Cantante Descalza y Otros Casos Oscuros del Rock, Jordi Soler, Alfaguara, Serie Roja, México, 1997.
Soler, por supuesto conocido de todos aquellos niños X que se precien de serlo en la ciudad más grande del mundo, es uno de esos rarísimos escritores que uno no puede decidir si subestimarlos o recomendarlos de plano y con creces. Su inicio en la literatura fue más bien bochornoso, con aquel pequeño poemario titulado El Corazón Es Un Perro Que Se Tira Por La Ventana (El Tucán de Virginia, 1993), que parafraseaba, incomprobablemente, los títulos de dos poemarios de Charles Bukowski (créanlo o no): Love Is A Dog From Hell (el amor es un perro infernal) y Poems Written Before Jumping Out Of An 8th Storey Window (poemas escritos antes de saltar desde la ventana de un octavo piso). Pero bueno, esto es, repito, incomprobable, así que Soler salvó decorosamente su bochorno iniciático. Los poemas eran buenos, pero hasta ahí. Luego vino aquella primera novela, titulada Bocafloja (Grijalbo, 1994), retrato terriblemente autocomplaciente del escritor como radio-rock-star, aderezado con una historia de suspens a la X (generación X, me refiero), en donde lo más notable fue la aparición de un pez llamado Henry Miller y de ese entrañable personaje llamado Orson. La novela pasó con más gloria que pena pero, aceptémoslo, la gloria se debió más al nombre en portada que a lo de adentro. (Por ahí hay otro poemario y otra novela de Mr. Jordi pero, como no los he leído, ¿qué puedo yo decirles?).
Ahora, con La Cantante Descalza…, Soler nos da un bofetón retador y nos invita a la revancha. Y habría que acudir gustosos, porque Jordi Soler comienza a ser un escritor con verdadero oficio, cuyo principal mérito —y tal vez principal pecado— es finalmente haber reconocido que lo que sea que tenga qué decir ha de decirlo a través del filtro de los rocanroles, de los cuales, hay que reconocerlo, es y ha sido testigo privilegiado. Este es un libro de relatos, unidos con un nexo temático (algo a lo que ya habían acudido alguna vez José Agustín [Cerca del fuego] y Parménides García Saldaña [En algún lugar del Rock]); nexo de lo más vaciado y cuasi detectivezco, muy a la Mick Spillane; relatos donde la historia neta del rock se da un revolcón con la imaginería de Mr. Jordi y donde ambas se confunden con muy buen tino. Aún hay algunas sombras del radio-rock-star, pero se quedan en lo anecdótico, lo cual se agradece. La aproximación a iconos-santones como Morrison, Presley, Joplin, Moon, Fripp o Jagger se hace con sosiego, sin demasiados golpes de pecho. Y hay decididamente relatos sorprendentes, como el que da nombre al libro, y otros en extremo divertidos, como el que acude a la nota roja hotelera o ese que relata el acercamiento siempre fallido a Mick Jagger en busca de una entrevista que siempre sale sobrando. Francamente, da la impresión de que Soler ha crecido, mucho, lo cual siempre es esperanzador y siempre lo deja a uno con la pregunta… ¿qué seguirá?
 atrás.
Trainspotting (Gran Bretaña, 1996) Dir: Danny Boyle.
¡Bravo! Si querían un insuperable ejemplo de lo que una buena propaganda puede hacer por una mediocre y rancia película, aquí lo tienen. Vaya un pasquín sobrestimado. Ofensiva falta de inteligencia. “La-na-ran-ja-me-cá-ni-ca-de-los-no-ven-ta”. Me pregunto qué pensarían Kubrick o Burgess de semejante afirmación. ¿En qué suburbio clasemediero vivirán el señor Boyle o el señor —llámese como se llame— que escribió la novela en la que está basada esta falacia? En uno muy lindo; en una casa como las que vende su insípido protagonista. Comienzo a creer —y ojalá me equivoque— que, en vista de los resultados obtenidos, mi generación merece esta clase de mierda… sólo Satán y Mr. Danny Boyle lo saben.
Ya que me eché encima a todos los conversos a la religión de “Traispompis”, déjenme decir, en descargo mío, que la movie tiene momentos notables y muy logrados; la escena en el cagadero, por ejemplo, o la muerte del chamaco —que es, rayos, una de las mejores bromas que jamás nadie haya filmado, y basta con sentir la plañidera reacción del público para corroborarlo—, o la comida en la que se celebra en-familia-con-chabelo la exoneración del protagonista, son momentos de una belleza y una mordacidad —ojalá sea mordacidad— notables. Pero, vamos, cualquiera que haya sufrido un síndrome de abstinencia o cualquier otro trance alucinógeno sabe que el niño muerto que repta por el techo es el recurso cinematográfico más burdo y ramplón al que jamás nadie (otra vez) haya acudido —bueno, Walt Disney también tuvo lo suyo, en su momento—; y qué decir de la majadera y directa referencia a La Naranja Mecánica (con mayúsculas, plis) que se chuta Mr. Boyle, al imitar la decoración del maravilloso bar lácteo Korova (sólo que sin las muñequitas-tira-leche) en su escenita de “Consejos Cosmopolitan”. Dan ganas de güacarear, de plano.
No perderé mi tiempo sugiriendo que se eviten el trago amargo, porque sé, ¡snif!, que ya todos la vieron y porque sé, ¡doble o triple snif!, QUE LES GUSTÓ.
Bien por ustedes; cuando decidan comprarse un refrigerador, recuerden que la marca es General Electric. Yo sólo me quedo con la rola de Iggy Pop.
 atrás.
Lo Que Más Me Gusta Es Rascarme Los Sobacos, Fernanda Piviano / Charles Bukowski, Anagrama, colección Contraseñas, Barcelona, 1997.
Una más de las inenarrables delicias de Anagrama. Encuentro cercano del tercer tipo con Hank, el viejo Hank, a través de los ojos de Fernanda Piviano, recientemente fallecida —lo mismo que Hank—, quien fuera una de las más connotadas americanistas del otro lado del charco, además de biógrafa de Hemingway; Lo que más me gusta de este libro, aparte del prurito en las bisagras, es que huele mal pero con gentileza. Sin ser ni remotamente aparatosa, esta entrevista a Charles Bukowski revela el lado amable, por no decir humano, del hijo de Satanás, sus gustos y disgustos, su cínica y nada complaciente entrada a la fama y su estadía en los suburbios chidos, con Volkswagen y BMW a la puerta y mucho qué chupar sobre la barra, además de un par de episodios canallescos que nunca antes habían sido contados.
Por si fuera poco, el libro contiene un ensayo riquísimo por parte de Piviano sobre la bibliografía completa de Hank (aunque faltan algunos títulos posteriores a la entrevista, como Hollywood, Pulp o Hijo De Satanás); una mirada seria y juiciosa a un escritor que nunca pudo ser ni lo uno ni lo otro, y cuyos mejores críticos fueron, hasta ese momento, esos guarros payasos que empinan la botella en su honor y se creen muy malos.
Imperdible; conseguible en todos lados a precio muy alto —tenía que ser.
 atrás.
Mouchette (Francia, 1967) Dir: Robert Bresson.
Esta película debería ser un objeto de culto. Tal vez no para los cinéfilos, ya que sus atributos cinematográficos no son ni remotamente espectaculares en el plano técnico, pero sí para todos aquellos que creen, simple y llanamente, que el mundo vale verga. Esta película es un gran poema nihilista.
Mouchette nos enseña, con sus catorce años y su miserable existencia, que aún los más irredimibles marginales pueden darse el lujo de la rebeldía. He aquí una cinta directísima sobre la pérdida de la inocencia, sobre la brutalidad del mundo adulto, sobre cómo los niños deberían dejarse morir antes de aceptar ser parte de la mierda. Llama la atención la forma en que Bresson resuelve en este medio metraje (la cinta no sobrepasa por mucho los 70 minutos) el viejo problema del conflicto amoroso, oponiendo —casi imponiendo— a una vulgar rivalidad de cantina el triángulo amoroso por excelencia: la vida, la muerte y el ser existente.
Una cinta muy recomendable para suicidas indecisos.
 atrás.
Raising Arizona (EUA, 1987) Dir: Joel Coen.
Acudiendo a lo mejor de la tradición cinematográfica gringa, como es el retrato descarnado de una sociedad absurda y una sutil interacción de la comedia inteligente con una historia donde lo más memorable es su nítida humanidad, Joel Coen, con su hermanito del alma Ethan en la producción, se avienta este divertidísimo desaguisado que se burla del amor, de los instintos paternales y los criminales, de la casualidad, de los mercenarios —que para Cohen terminamos siendo todos, tarde o temprano— y, claro, hasta del espectador, con su, aparentemente, happy end. Si aún te queda algo de sentido del humor y algo de pasión por el cine de calidad (aunque sea yanqui), cáele ya, hoy, no mañana.
Hasta en vídeo la topan.
 atrás.
Les Amants Du Pont Neuf (Francia, 1991) Dir: Léos Carax
Pareciera que comienza a hacerse costumbre, dentro de la cinematografía contemporánea francesa, este tema de los amores extraños. Desde 37° 2 Le Matin hasta Love, etc., pareciera que los franchutes están perdiendo, en cierta medida, la fe en las relaciones humanas. Sin embargo, la recurrencia de estas temáticas no quita a las cintas que las abordan ni un centímetro de lucidez ni de elocuencia. Los Amantes Del Puente Nuevo, cinta cuasi épica del no muy conocido —al menos por mí— Léos Carax, presenta un lado, sí, en extremo desolador del sempiterno conflicto amoroso. Es, también, una cinta llena de una esperanza apenas vislumbrable, dificultosa, pero que finalmente cumple su función: la de, en cierta forma, salvar a sus personajes de lo único que podría en verdad destruirlos… sus muy propias y eversivas soledades. Los personajes de Carax son emblemáticos y, sin embargo, distantemente improbables. Y lo que los hace improbables es, sin duda, que a través de su desolación, y a pesar de ella, reciben su salvación, lo que no deja de ser, trágicamente para uno, F-I-C-C-I-Ó-N pura y llana. Espero no ser o parecer demasiado histérico.
Las actuaciones en Los Amantes… son elocuentísimas; Juliet Binoche es una maestra, a secas. Además, los cuadros que en la película se le atribuyen a su personaje se deben a su talento, lo que no deja de ser doblemente sorprendente.
La cinta es altamente recomendable. Hace poco la proyectaron en canal 11, y seguro es conseguible en vídeo. Si hace mucho que cambiaste el deshojar margaritas por el contar las balas del revólver, puede ser que te interese.
 atrás.
La Música De Los Vampiros, Poppy Z. Brite, editorial Martínez Roca, colección Super Terror, Barcelona, 1994.
A pesar de que sus artilugios narrativos no son lo que cabría esperar de una novela que ha sido comparada con las rimbombantes experiencias de Anne Rice, The lost Souls es una novela sin duda emblemática, en especial en lo que se refiere a la visión romántica de los buenos vampiros posmodernos. Poppy Z. Brite revitaliza la imagen del vampiro con una sensualidad —¿o sexualidad?— adolescente, ambivalente y a ratos casi ofensiva. Sus vampiros no son sólo deseables: su encanto es ser terriblemente pornográficos, disolutos e irrefrenables. Lo mismo ocurre con sus personajes humanos; en ocasiones se hace un poco difícil distinguir quién es realmente el cachondo, el deseable: los humanos, para Brite, son tan complicados, mágicos y admirables como los no muertos. Es de resaltarse la gran capacidad que tiene esta tipa para construirse sus personajes; así, será el futuro quien diga si Nada, Fantasma o Zilla pueden ganarle a Armand, Louis o Lestat en lo que a popularidad se refiere. La Música De Los Vampiros se apunta como uno de los futuros clásicos de la literatura vampiroloca, sobre todo porque no busca ni por un segundo llegar a serlo; su gran mérito es que es una novela divertida que se regocija en lo descriptivo más que en lo pretendidamente psicológico o filosófico. Y en eso le lleva gran ventaja a toda la bazofia teórico-idólatra que nos han sorrajado últimamente los darkis disfrazados de Bela Lugosi.
Si no se paran en una librería nunca lo conseguirán, lo cual sería una lástima.
 atrás.
The Hunger (EUA, año no disponible) Dir: Tony Scott
Esta movie fue la gran renovadora del cine de vampiros. Estelarizada por Catherine Deneuve y David Bowie, El Ansia es una película tan atípicamente vampírica que ha sido enlistada en muy diversas categorías (el año pasado fue incluida en un índice sobre lo mejor del cine de gays y lesbianas) y vista desde muy diversos ángulos. El mito vampírico es despreciado por Scott, quien reinventa de manera sorprendente —a partir de la novela homónima de Whitley Strieber— las circunstancias y el entorno del vampiro; su condición fluctúa de un oscuro don de antiquísima procedencia hasta una condición meramente médica y degenerativa (Bowie está excelente, en especial en sus intervenciones como anciano moribundo, casi al final de la película). El Ansia, claro está, también alteró las implicaciones romántico-amorosas del vampiro, y ese es casi el meollo del asuntacho: esta vampira incorruptible que va dejando tras de sí amores incontables que terminan siendo el mismo amor revisitado; y lo más sabroso llega cuando ese amor se le viene encima, destruyéndola literalmente. Por si esto fuera poco, la cinta contiene, además, el debut cinematográfico de Peter Murphy y los Bauhaus, durante la escena inicial. ¿Alguien podría pedir algo más?
El Ansia es una cinta de belleza remota y con ideas bastante disparatadas y renovadoras, lo que no deja de agradecerse en un mundo que tiene versiones de Drácula para dar, regalar y echar a la basura.
Búsquenla; debe andar por ahí.
 atrás.
Vampiros, autores varios, selección de Ellen Datlow, ediciones RobinBook, Barcelona, 1991.
Si este libro no está ya en el altar de los textos sagrados sobre vampiros, debe andar, sin duda, en vías de canonización. Y si no, querrá decir que los buenos vampirólogos chapuceros que nos invaden a últimas fechas no saben nada de arte. El único y último fin de esta maravilla de libro es regenerar la literatura de los chupa sangre, librando al mito de sus infames ataduras (léase sangre —para empezar—, imposibilidad para ver la luz del sol, el vampiro como un outsider medio mamón, etc.) y dándole toda una nueva gama de posibilidades y direcciones. Basta con ver el título original (Blood Is Not Enough), para desear sumergirse en este mar de historias desafiantes. Les sorprenderá encontrarse, por ejemplo, con un ente que chupa a sus víctimas a través de gusanos varicosos, vampiros que se divierten manipulando a las personas para convertirlas en criminales, vampiros que roban el pensamiento a través de una empatía malediciente, una actriz de segunda que chupa talento, a Lázaro convertido en un repulsivo predador luego de que Cristo le resucitara, o un vampiro que se regodea de lo más divertido en un campo de concentración nazi (qué idea tan increíblemente chipocluda), entre otras linduras. Además, Datlow nos regala un par de poemas narrativos sobre vampiros (uno de los cuales reproducimos en este número), lo cual no es muy usual encontrar.
Vampiros es uno de los pocos libros sobre el tema que hoy nos ocupa que, sin lugar a dudas, podría considerarse una imprescindible obra de arte.
 atrás.
The Fearless Vampire Killers (USA, 1971) Dir: Roman Polanski
Polanski se ha distinguido, sin duda, por ser un cineasta siempre comprometido con el desafío, el escándalo —un poco al estilo de Woody Allen— y la tragedia. Sin embargo, es también uno de los más lúcidos desacralizadores de nuestros tiempos; baste ver su maravillosa cinta ¿Qué? para corroborarlo. La Danza De Los Vampiros es uno de sus filmes esenciales en esa vertiente; es irreverente, cáustico, valemadres a más no poder. Polanski saca ventaja en esta cinta de la irremediable necesidad que tiene el populacho —me incluyo— de reírse de sus mitos y sus miedos, por muy improbables que parezcan; el filme es producto de un Roman aún joven, desafiante, adolescente y febril. La fotografía, durante la totalidad del filme, es extraordinaria, pero a ratos alcanza la categoría de cosa mágica, de excelsitud, de non plus ultra. La presencia de la difunta y descuartizada Sharon Tate es discreta, bien llevada, sin explotar lo cachondo pero sin despreciar su inquietante presencia en una bañera durante al menos el cincuenta por ciento de sus apariciones. Su belleza es etérea, más allá de cualquier definición posible —cuando uno ve a semejante bizcocho, Manson deja de ser entrañable, al menos un poco—; es, simplemente, una criatura inimaginable, y me vale madres que me digan sexista. Por otro lado, se imponen las actuaciones del mismo Polanski como Alfred y de Jack Mac Gowran como el hilarante profesor Abronsius, quien termina siendo el personaje/antihéroe más importante en la película. Realizada en 1971, el filme arrebata por su inusual humor, nada vulgar, y adelantado a su tiempo, con figuras arquetípicas y que después serían harto sobadas, como el científico locuaz pero brillante y el ayudante-galán medio tarado.
La Danza De Los Vampiros es el filme paródico de vampiros por excelencia; lo mejor del género. Pasa con cierta regularidad por canal once.
 atrás.
Blow Up (Inglaterra, 1966) Dir: Michelangelo Antonioni
En un mundo en el que la realidad es uno de los dizque valores más incontrovertibles y absolutos a los que se aferra el pobre hombre en su búsqueda de cordura, da gusto que aún haya por ahí un par (o más de un par) de mentes que la ponen en tela de juicio. Blow up cuestiona fundamentalmente eso; ¿dónde termina la realidad, y dónde comienza o se gesta? ¿De qué está hecha la realidad? A partir de un relato de Julio Cortázar, Antonioni exhibe una suerte de escepticismo llevado al extremo: no puedes creer ni en lo que ves ni en lo que tocas ni, en este caso específico, en lo que fotografías. No hay ninguna prueba definitiva de que los eventos ocurran: todo es difuso, confuso, aunque se tengan las razones y los testimonios más definitivos. Todo lo ocurrido puede nunca ocurrir: la relatividad ha alcanzado a la verdad; la realidad ya no es real. El final es definitivo, aplastante; Thomas (que ya no cree en nada luego de haber tenido durante veinticuatro horas entre sus manos un verdadero thriller pasional con todos los exabruptos de rigor) se pone a jugar tenis invisible con la troupé de mimos vociferantes; y luego, se desvanece. Tal vez ni siquiera él era cierto, lo cual es muy probable. Es interesantísimo el manejo que Antonioni hace del sonido en éste filme; el mismo título de la película (estallido, en español) hace referencia al único sonido que extrañamente no se escucha en ningún momento: el disparo de un arma, esa arma que comete el crimen que es eje de todo el jolgorio.
No puedes perderte esta cinta, en especial si eres de esos que no creen nada cuando asesinan candidatos presidenciales o cuando se encuentran cadáveres en fincas encantadas. Además, en la cinta aparecen los Yardbirds con Jeff Beck rompiendo guitarras y haciendo unos panchos de antología, y con un Jimmy Page tan chavo que hasta galán se veía. Por ahí anda rolando.
 atrás.
Réquiem Por Un Suicida, René Avilés Fabila, Libertarias/Prodhufi, S.A., colección Narrativa, España, 1993.
No tengo problemas con la prosa agilísima y mayoritariamente anecdótica del profesor Avilés; esa prosa constituye uno de los méritos más indiscutibles del libro. Hay momentos en que los personajes de Réquiem… se desdibujan, pero esto podría responder al ánimo casi siempre desgraciado y desgraciante de su protagonista, Gustavo Treviño —un ente, por otro lado, desconcertante; su veleidad amorosa es a veces incompatible con sus impulsos mortuorios, a pesar de que el pobre se pasa medio libro reiterando que se matará única y exclusivamente cuando encuentre la felicidad total, situación que él relaciona directamente con el amor, lo que no deja de ser sinceramente ingenuo—; todas las situaciones en el libro están, sin embargo, relacionadas estrechamente con su objetivo único, si es que lo tiene: hacer no la apología del suicidio, sino la apología de un suicida en especial. Éste suicida parece desesperado por buscar un motivo que justifique su muerte voluntaria, y es eso precisamente lo que lo hace harto original y definitivamente improbable; a pesar de su inconmovible voluntad suicida, Gustavo Treviño acude constantemente a una suerte de mentalismo exasperante, racionalizando hasta el cansancio algo que no puede ser sino instinto e instante puro. Sin embargo, gracias a este revisionismo chocantoso, tenemos la oportunidad de considerar Réquiem por un suicida como un compendio muy nutrido y bien documentado de información sobre el suicidio, en especial del relacionado directamente con el mundo de las letras; el señor Treviño es un desesperado compilador de suicidas famosos y otros no tanto, en un intento ciertamente pobre por entender los caminos que lo llevarán finalmente a darse chicharrón. Avilés Fabila no trivializa el suicidio; simplemente intenta entenderlo, y resultaría ridículo de nuestra parte diagnosticar si lo ha logrado o no. Simplemente se trata de un buen intento.
La buena noticia para los fans de Avilés Favila es que él no se va a suicidar, seguramente; y en el muy improbable caso de que llegara a hacerlo, esa muerte infausta convertiría a Réquiem… no en el libro obvio, sino en el desconcertante. Que entienda quien deba entender.
 atrás.
Day For Night / La Nuit Américane (Francia - Italia, 1972) Dir: François Truffaut.
Comprometida sólo con el fenómeno de hacer cine, esta película es uno de esos extraños casos en los que el espectador es invitado a considerar la parte oculta del cine mismo: ese complicado entramado que los involucrados en el negocio llaman la producción. Truffaut nos lleva a través de los entretelones del mágico pero demencial arte de dirigir una filmación; un pequeño barco, un pequeño mundo, en el que se suscitan toda suerte de desaguisados humanos, toda clase de pequeñas películas y dramas que llevan en sí mismas el sello de lo humanamente esencial, que es finalmente lo que intenta capturar el cine como arte. La noche americana pone de manifiesto al cine como un arte complejo por naturaleza, casi como el arte entre los artes o, mejor aún, el arte de las artes, e invita a atestiguar cómo todas las disciplinas están finalmente comprometidas dentro del quehacer fílmico bajo una sola premisa: la de capturar un instante y hacerlo virtualmente eterno; esculpir el tiempo, como decía el profesor Tarkovsky. En este filme se dulcifica el mito de Hollywood, y el objetivo del director es terminantemente claro; poner sobre la mesa la naturaleza humana del cine como fenómeno primariamente artístico, con todas las complejidades que eso evoca. Y en eso le lleva bastante ventaja a otros filmes que han intentado acercarse al cine en el cine: La amante del teniente francés (donde lo más subrayado era la historia de amor), o la maravillosa Viviendo en el olvido (cuyo frenético ritmo es más insultante que narrativo). Truffaut logra en este filme hacernos ver que los inhumanos, los realmente inhumanos, somos esos especímenes que atestamos las salas de cine cada que un nombre famoso —de director o de actor o de lo que sea— adorna las marquesinas de las salas; esos que, finalmente, en relación con el filme y su arte, somos los únicos perfectamente prescindibles.
Rola bastante en cine clubes.
 atrás.
Breaking The Waves (Dinamarca - Escocia - Francia, 1995) Dir: Lars Von Trier.
Bess sufre una especie de esquizofrenia selectiva: habla con Dios a través de su propia voz y no sabe distinguir lo fundamental de lo estrictamente anecdótico, lo básico de lo prescindible. En este marco, Von Trier teje una bonita (sí, bonita) historia de amor llevado hasta el extremo, evocando ciertos momentos de carácter cuasi bíblico, en los que esta esquizo frenética se presenta como una magdalena inversa: una mujer que putea precisamente para salvar su alma y la de aquellos a quienes ama. La cinematografía en esta cinta tiene cierto ambiente de preciosismo a la Tarkovski o, si se quiere, a la Milko Manchevsky, aunque su historia tiene las limitantes propias y lógicas de estar sujeta a una anécdota moralizante (o, en este caso, casi desmoralizante) y no logra elevar la película a un grado decente de excelsitud; la dirección de cámaras recuerda a ratos aquellos experimentos de Woody Allen en Maridos y esposas, con el foco siendo víctima de movimientos inesperados y ciertamente desconcertantes. Las actuaciones son absolutamente chipocludas, con una elocuente Emily Watson interpretando en realidad dos papeles (el de Bess y el de Dios), Stellan Skarsgard —el chavo más parecido a Gerard Depardieu que os podáis imaginar—, y la siempre maestra Katrin Cartlidge, una de las mejores actrices de reparto que ha dado el cine de la Gran Bretaña y a quien ya hemos visto en Naked de Mike Leigh y en uno de los roles protagónicos de Antes de la lluvia, del ya citado Manchevsky. La solución del conflicto en Rompiendo las olas es inesperadamente sensiblera y, a la vez, mesiánica, y recuerda, también, el Sacrificio de Tarkovsky. Como se puede ver, en Rompiendo las olas convergen muchas influencias, muchas formas de hacer cine que le dan al filme una fuerza considerable pero que también le debilitan, al hacerlo parecer remotamente impersonal y finalmente inmaduro. Sin embargo, habrá quienes la encuentren sin duda encantadora.
Ha aparecido recientemente en cine clubes y en la cineteca, y creo sinceramente que no le haría daño un estreno comercial.
 atrás.
The Usual Suspects (U.S.A., 1995) Dir: Bryan Singer.
Más allá de si Singer es un alumno-imitador-admirador de Quentin Tarantino y más allá de si Tarantino es el director más influyente-importante-desafiante del cine hollywoodense de fin de siglo, Sospechosos Comunes es un filme que amenaza con convertirse en uno de los grandes clásicos del suspens policíaco, aunque tenga que hacerlo a la sombra de la supuesta deuda con Quentin que le han atribuido los chabacanos críticos que, a partir de Perros de reserva, no pueden ver ninguna película sin buscar ecos tarantinescos a diestra y siniestra. Pero, en fin; es el precio de adelantarse a su tiempo. Sospechosos… sorprende al espectador en múltiples direcciones: es un filme ciento por ciento comercial que, sin embargo, hace uso de la inteligencia más fina, tanto en su narración como en sus artilugios fílmicos, para llevarnos precisamente a donde quiere; una complicada red de hechos que, finalmente, nunca ocurre u ocurre sólo parcialmente. La verdad cinematográfica es violentada a favor del beneficio de la duda: todo lo que ocurre no es lo que ocurre. El final es absolutamente magnífico, y se arroja a los ojos del que mira como una verdad chapucera pero finalmente admirable: Bryan Singer estuvo dos horas tomándonos el pelo. Y eso nos hace sentir estúpidos, sin duda, pero de una manera distinta a como nos hacen sentir estúpidos la mayoría de las cintas hollywoodenses.
Véanla, y únanse al club. Conseguible en vídeo.
 atrás.
Kids (EUA, 1996) Dir: Larry Clark.
Cuando la estupidez llamada generación X había comenzado a desdibujarse gracias al inevitable crecimiento de sus miembros —nosotros, digamos—, Larry Clark arremete con un gran borronazo final y definitivo. Señoras y señores, esa generación que el dizque cine grunge proponía (en cintas como Reality Bites de Ben Stiller o Singles de Cameron Crowe) ha fallecido, muerto, estirado la pata, esnuffado, si es que en algún momento existió en realidad. Nuestra generación, llámese ahora como se llame, incluye desde rezagados de treinta y tantos años hasta chavillos de doce a quince, hijos todos de la generación vencida; en ese sentido, el espectro de posibilidades de esa generación era amplísimo y, por supuesto, no podía resolverse en los flácidos excrementos ideológicos que nos soplamos en los inicios de los noventas ni en la explosión de lo políticamente correcto, que es el consuelo que nos queda pa' fumarnos en este fin de siglo. El último empuje, el último y estentóreo grito de nuestra generación, lo vienen dando esos, los últimos, los que vendrían siendo nuestros hermanos y hermanas menores, los que aún traen bien puesta la vena de la adolescencia y sus excesos hormonales. Larry Clark, un hombre de cincuentaidós años —edad que tenía al momento de la filmación— deja hablar a esos, los últimos adolescentes de éste siglo, y les deja mostrarle al mundo que el futuro, sinceramente, no son ellos; así que el puto mundo tendrá que inventarse alguna otra cosa. Estos Kids, outsiders hasta el extremo, viven únicamente para coger, drogarse, embriagarse y contagiarse de sida; su horror se aleja del horror adulto —ese que ya gran parte de nosotros comienza a vivir en carne propia—, y comparte más la naturaleza de la barbarie: su monstruosidad maravillosa no le debe nada a la televisión ni al pinche nintendo; su salvajismo tiene más qué ver con un estado primario de la consciencia, con una regresión en el proceso evolutivo, con un regreso a la tribu y la promiscuidad de la caverna. Kids muestra un mundo construido por chamacos donde, en una misma habitación, se pueden encontrar traficantes y niños, orgías y amor, vida y muerte, TODO en extremo. Dentro de la misma barbarie, se encuentra una negación implícita: el gran mérito de la cinta es que, aún cuando se acerca a la brutalidad del cinema verité, no intenta tomar partido ni tener una anécdota moral; incluso cae en paradojas aberrantes pero finalmente ciertas, como el hecho de que la chava más promiscua salve el pellejo mientras que la chavita que únicamente ha tenido un acostón en su vida dé positivo en la prueba del VIH. ¡Que viva PROVIDA, chingada madre!
Nietzsche tenía razón: ha llegado el nihilismo, y ha llegado en la forma de unos niños con patineta.
 atrás.
El Corazón Es Un Perro Que Se Tira Por La Ventana, Jordi Soler, ediciones El Tucán de Virginia, México, 1993.
Ya que en ediciones pasadas le echamos un vistazo al último libro de cuentos de Mr. Jordi, y ya que en dicha reseña mencionamos, no con mucho entusiasmo, algunos libros del autor, algunas personas interesadas —particularmente en el autor y su situación de locutor privilegiado— nos han pedido que hagamos una revisión más directa y concienzuda de su obra, en especial del presente poemario. Este libro aún circula en varias librerías decentes en su primera edición, así que es inevitablemente conseguible. El colofón de la edición no indica cuántos ejemplares se tiraron, pero baste ver su permanencia para suponer que fueron bastantes (no quisiera suponer, por otro lado, que el libro no se ha vendido, porque eso me parece sumamente improbable; y no estoy siendo irónico).
La voz poética de Soler se aventura por caminos con ciertos baches pop y acude, frecuentemente, a la brevedad y lo directo; es sin duda un poeta que no da concesiones a nadie que no sea él mismo. Sus influencias son fácilmente identificables pero no dominantes; da gusto ver que Jordi es uno de los pocos admiradores de Bukowski, por ejemplo, que conoce realmente al Borracho (baste el homenaje que le hace en el título del poemario para corroborarlo) como lo que fue: uno de los poetas en lengua inglesa más influyentes de este siglo y no sólo el narrador beligerante que los lectores latinoamericanos hemos sido obligados a conocer a medias. Soler es un poeta más erótico que otra cosa; hace continuo uso de referencias sensuales —e incluso sexuales— para dar ambiente a sus poemas; y lo logra bastante bien, dicho sea de paso. A ratos se antoja un poco afectado, demasiado preocupado por conseguir imágenes que hagan reaccionar a sus lectores, demasiado preocupado por demostrar que puede ser un poeta desafiante o impertinente. Poeta lo es, y de talento exacerbado; quién si no un poeta podría decir: Rompí tu corazón con este garfio / para que conozcas el mundo por sus brillos; una frase efectivísima. Y desafiante también lo es; su poema El Bandido refleja una provocación casi herética, y deja entrever que Jordi Soler podría convertirse en uno de los poetas para jóvenes (porque poeta joven me da la impresión de que ya dejó de serlo) que revitalice el panorama poético mexicano, transportándolo a ámbitos y estéticas que antes le estaban vedados por la cerrazón localista de nuestros grandes y beneméritos poetas-esfinges.
El Corazón… es un libro del que los poetas jóvenes podrían aprender cantidad de cosas, siempre y cuando no se lo tomen muy en serio.
 atrás.
Suzanne Vega, Making Noise, A&M Records, 1993.
Escuchar a Suzanne Vega es acudir a un rito novísimo: cuando lo sutil decide hacer ruido. Vega es, ante todo, una artista contradictoria. O, dicho de otra manera, su música se hace nítida e individual a través de una contradicción básica; uno escucha una voz dulce y mesurada, a ratos casi plana, cantando acerca de un sentimiento que a todos nos ha atacado en algún momento de nuestra vida, por lo general en los peores: la sensación de que no todo está bien. Sus canciones son un tanto desdibujadas en lo musical; Suzanne acude al folk rock más puro (no por nada es una hija distinguida del Greenwich Village, en New York), pero a ratos deja que se vislumbren otros ambientes, otros estados de ánimo. De esta manera, en su obra ha habido cabida para el rock and roll más guarro (como en When Heroes Go Down y Men In A War) o para intentos que casi podrían caer —con un tanto de exageración de por medio— en lo etéreo; baste escuchar Institution Green o Fifty-Fifty Chance, ambas incluidas en uno de sus discos más atípicos: Days Of Open Hand. En este sentido, en esta diversidad maravillosa, su obra le debe tanto a Leonard Cohen como a Lou Reed y Patti Smith. Como se podrá notar, un endeudamiento casi totalmente neoyorquino.
Uno de los álbumes más ocultos y desconocidos de Suzanne Vega es el inconmensurable Making Noise; edición especial para consumidores de ojo rasgado (léase orientales) de seis cortes en vivo, capturados durante la gira mundial que siguió a la aparición del álbum 99.9 F° . El álbum Making Noise es, sin lugar a dudas, un documento imprescindible para los seguidores de la Vega, si tomamos en cuenta que es el único testimonio de Suzanne y su banda en vivo, al menos en lo que a productos oficiales se refiere. Los músicos que la acompañan en este ritual de ruido y sensibilidad extrema son, al menos en su mayoría, sus habituales y viejos conocidos: Marc Shulman en la guitarra, Michel Visceglia en el bajo y Frank Vilardi en la batería son asiduos de la Suzanne Vega Band; los dos primeros desde el álbum Solitude Standing y el tercero desde Days... . Steve Gaboury reemplaza en los teclados a Anton Sanko, magnífico tecladista que fue en gran medida responsable del sonido de la banda durante una buena parte de su carrera. En Making Noise el sonido de Suzanne Vega es reinventado por Mitchell Froom, productor y actual esposo de la cantante. La música no deja de ser minimalista y austera, pero es enriquecida de manera definitiva por los arreglos de Froom, volviéndola un tanto más provocativa, con ciertos tintes que no dejan de recordar los inicios del rock industrial y el rock en oposición. La forma en que este sonido revitaliza canciones como Marlene On The Wall, por ejemplo, es notable. Así, en este álbum —que además tiene el anecdótico mérito de incluir las canciones de Suzanne traducidas a algo así como japonés o chino mandarín— Suzanne demuestra que, además de ser la chica más sutil que ha dado el lado oscuro del rock, tiene esa cualidad que asegura a cualquier artista la permanencia: la capacidad de reinventarse a sí misma.
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Factotum, Charles Bukowski, Anagrama, colección Compactos, Barcelona, 1997
En una más de las imperdibles reediciones que se ha aventado Anagrama en el presente año, encontramos éste, uno de los fundamentales del maese Hank. Fundamental, porque representa todo un testamento amargo sobre la ignominia del trabajo, de esa brutal y, sin lugar a dudas, salvaje lucha del hombre adulto por su supervivencia en un mundo donde la única manera de mantenerse a flote es hacer el trabajo de otros, ser el factótum de un cualquiera con más suerte, pseudo educación o servilismo que uno. Bukowski deja un tanto de lado sus obsesiones, las constantes en su obra —aunque éstas aparecen sin duda: mujeres, vino, hipódromo, peleas y más peleas—, abandona su obsesión por el outsider, para darle oportunidad a todas y cada una de las víctimas del stablishment, los mierdosos que creen que todo está bien y los un poco más inteligentes (más no por ello mejores) que se rebelan infructuosamente. Aún cuando parece un libro de viaje, un poco a la manera de Kerouac, Factotum no es sino el recuento de la estupidez y la vacuidad de una sociedad que te condena a ser útil —en el sentido más peyorativo de la palabra— o, en su defecto, a morirte de hambre. Las oportunidades para el buen Chinaski, alter ego de Hank, son cada día menos y cada vez más ofensivamente estúpidas, cada vez más sórdidas y absurdas; la indigencia, la pobreza extrema, están siempre a la vuelta de la esquina en cada despido, en cada hotelucho que te recibe y te lanza a la calle, en cada mujer que te abre las piernas para pegarte las ladillas y luego abandonarte.
Sin duda, el libro no es una declaración de principios; y sin embargo, luego de leerlo, no puede uno dejar de pensar que Bukowski, probablemente, ha llegado un paso más allá de Marx, viviendo la teoría y no teorizando la vida ni dando falsas esperanzas. Es evidente porqué a Hank no le caía nada bien el barbón.
Se consigue en cualquier librería que se precie de serlo.
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Babel, Patti Smith, Anagrama, colección Contraseñas, Barcelona, 1996
«Patti Smith. La última voz que clama/escribe en el desierto atómico.»
Francisco Umbral.
Smith, una de las voces femeninas más importantes en lo que a rocanroles se refiere, demuestra en este volumen que el arte pop está —todavía— muy lejos de ser esa ramplona bisutería que algunos artistas y, en especial, el stablishment de los medios de comunicación nos quieren vender. Babel muestra a una poeta altamente dotada, cuyo discurso igual le debe a Rimbaud, Artaud, Genet, Lautréamont o Baudelaire, que a Lou Reed, Andy Warhol, Leonard Cohen o las Mil y Una Noches. Juego de imaginería que lo mismo cae en lo místico, lo irónico, lo sublime, lo incomprensible y lo pornográfico. Los retratos de Smith son más bien espirituales, pero a un nivel sórdido, inquietantemente vulgar y callejero. Los personajes de su poesía son arquetípicos y recurrentes; así, entre evocación y evocación, asistiremos a distantes aventuras del Neo-chico o el rock 'n' roll nigger, a la confesión del perro de Bob Dylan o a las excesivas diatribas de Edie Sedgwick o Marianne Faithful. La chica fea más guapa y pacheca de Babel ha venido a decirnos que, a Dios gracias, el rock ha dado mejores líneas a la literatura universal que “mááátenme porque me mueeero”; ¡puaj!
Un libro para rockers simbolistas. Caro, muy caro. Bueno, muy bueno.
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El Fantasma Accidental, William S. Burroughs, Océano/Muchnik editores, colección Para estar en el mundo/El día siguiente, México, 1996
Cuando parecía que el viejo abuelo nunca iba a estirar la pata, 1997 le vio morir en silencio y, huelga decirlo, trágicamente para aquellos que le leíamos y le admirábamos; sin embargo, aún quedan algunos testamentos inexplorados por muchos, y mucho qué decir sobre él. Uno de los artistas más chipocludos e influyentes de este siglo, cuyos seguidores van desde Steve Vai hasta David Cronenberg y, por supuesto, las juventudes posmodernas, nos lanzó en las postrimerías de su vida este libro maravilloso, y uno se regocija en el inenarrable y luctuoso placer de recomendarlo. Novela corta cuya apreciación fehaciente requiere una lectura detenida y sosegada, El Fantasma Accidental nos remonta a los inicios de la gran falacia occidental, por medio del testimonio del hombre, el homo bobiens, visto a través de su estupidez, su aletargada y sin embargo feroz autodestrucción y la destrucción de todo lo que le rodea. Burroughs regresa a su estilo escueto, liberador, ácido, y nos relata la historia mínima de «Libertatia», colonia fundada por el pirata Mission en la costa oeste de Madagascar: una sociedad utópica, casi idílica, que comparte el mismo espacio vital con los lémures y el Jardín Biológico de las Oportunidades Perdidas, y que termina traicionada por el mundo, ese mundo que no se cansa de aplastar sistemáticamente cualquier clase de disidencia.
Libro revelador, cáustico, no apto para buenas conciencias. Se encuentra con facilidad, cual debe ser.
 atrás.
Julieta Venegas, Aquí, compañía grande, 1997
Aquí, primera producción de la tijuanense Julieta Venegas, tiene un incierto sabor a nostalgia; o a varias nostalgias al mismo tiempo. Primero, inevitable, la nostalgia que sentiremos aquellos afortunados que llegamos a ver en vivo a La Milagrosa, con el muy chipocludo y reputado Fratta,, el excelente percusionista Rafa González y la insustituible Julieta. Segundo, la nostalgia de la misma Julieta, que parece ser la materia prima de sus rolas. La producción de Gustavo Santaolalla es hecha, agraciadamente, con gran mesura y elocuencia, y casi logra hacernos olvidar que éste señor es responsable de engendros marca Café Tacuba, entre otras abominaciones. Así, la música de Venegas coquetea con varios estilos, ambientes y formas poéticas, y dista mucho de caer en cualquier clase de localismo folklórico, a pesar de que su instrumentación es por demás atípica y casi desafiante. En ciertos tracks el acordeón recuerda a los viejos héroes del zydeco y del blues del pantano en Louisiana; en algunos otros, en especial en “Quitar a otras” y “Esta vez”, hay una marcada influencia de artistas como Tori Amos, con un piano que se antoja atmosférico, si es que un piano atmosférico es posible. Por otro lado, las palabras de Venegas son difíciles de clasificar; a ratos su lenguaje es aniñado, entrecortado, como si apelara a una suerte de inocencia aletargada; después se torna desafiante y nítido, para terminar cayendo, en algunos tracks, en un juego medio frivolón, sobre todo cuando se pone distantemente politically correct. En verdad, uno no se explica porqué se recurrió a otros dos letristas en dos de los cortes, a pesar de que “Esta vez”, uno de estos casos, es la rola más poéticamente elaborada del cotorreo.
Una grabación definitivamente recomendable, cuyo mayor mérito es el de ser una cubetada de agua fresca (perdón por el lugar común) en el desolador cuadro del rock mexicano. Julieta Venegas está en esa incierta condición de artista - promesa y artista - realidad, lo que hace que el echarle un ojo sea una necesidad ineluctable.
 atrás.
Secrets And Lies (Gran Bretaña - Francia, 1996) Dir: Mike Leigh
El mero mero maromero de los directores outsiders de la Gran Bretaña nos regala una más de sus increíblemente humanas historias. No hace falta decir mucho. Leigh es un extraordinario cronista de la condición humana, y aquí nos presenta una historia, además, en extremo complicada y en extremo sensiblera, pero no por ello menos impresionante. En su ya acostumbrada fórmula de echar mano de actores y actrices fuera de serie —aunque desconocidos por estos lares—, Secretos y Mentiras presenta a una exquisita Brenda Blethyn en el protagónico, un personaje estremecido y estremecedor que no deja de ser demoniacamente humano y patético. Blethyn, como es ya costumbre con los actores que intervienen en cintas de Leigh, ganó la palma de oro del festival de Cannes de 1996 como mejor actriz.
Tal vez después de ver Naked, su obra fundamental, Secretos… no sea tan memorable, pero esto no la hace prescindible.
Vayan a verla, colegas, y luego échenle un ojo a sus respectivas madres, y sabrán de qué les estoy hablando. Por ahí rola, en cine clubes.
 atrás.
A Sangre Fría, Truman Capote, editorial Bruguera, colección Libro Amigo, 2ª edición, Barcelona, 1985
Mucho antes de que el asesino en serie fuera un artículo «de modé» para el gran público, Truman Capote acometió con este ingente retrato de los caminos que llevan a un hombre a convertirse en un carnicero despiadado. Acudiendo a un hecho real, acontecido en Kansas en 1959, este libro desentraña los motivos —o la carencia de estos— que invocan en el hombre la barbarie y provocan los más inexplicables y atroces crímenes. A través de muchas horas de conversación con Perry Smith y Dick Hyckock, Capote reconstruye la vida y la psique de estos dos entrañables animales, que descuartizaron a una familia entera para robarles algo así como doscientos dólares. Contrario a lo que los payasos teóricos podrían creer, estos tipos muestran una humanidad exacerbada y una inteligencia, si no sorprendente, sí extremadamente sensible, lo que demuestra que cualquiera puede, en cualquier momento, convertirse en uno de ellos —cualquier ser humano sensible, se entiende. Así, Capote nos aproxima con sutil crudeza (créanlo o no) a las posibilidades de crimen y salvajismo que encierra la humanidad toda; el gran circo de la muerte cuya pista siempre está ahí, dispuesta a dejarnos hacer nuestro show.
Es conseguible en la reedición que acaba de llegar a nuestro país gracias a Anagrama y que tiene, como pilón sórdido, una bonita foto de la familia asesinada en la portada. Cosas de la mercadotecnia.
 atrás.
Hélas Pour Moi (Francia, 1992) Dir: Jean-Luc Godard
Sin lugar a dudas, el tío Jean-Luc busca deliberadamente un antagonismo entre la historia —o la carencia de ésta— y los recursos meramente cinematográficos. Esa ha sido una de las constantes en su obra. Sin embargo, en Peor Para Mí lo cinematográfico se vuelve algo meramente incidental, algo anecdótico; ahora Godard parece un poco más preocupado por la historia. Ésta se desdibuja al pasar por el filtro del caos preciosista del director, y a pesar de eso se retrata con nitidez. La cinta recuerda al Godard de los primeros tiempos, el de Á bout de souffle. En Peor Para Mí la argumentación es un poco menos humana, más etérea —un poco a la manera de Wenders en Las alas del deseo o Tan lejos y tan cerca—, y sin embargo terriblemente terrena: este marido que se transforma en Dios para demostrarle al mundo (y más directamente a su esposa) que el hombre es tanto o más divino que ese creador al que se encomienda cotidianamente. Godard plantea un intercambio tal vez escandaloso, pero plausible: que lo creado cree, y que el creador sea creado. El hombre, el humano promedio, se burla de Dios en el amor, como alguna vez lo planteó Milán Kundera —aunque con implicaciones más sexuales—; y sin embargo, como dice Raquel, personaje central femenino de Godard: «Por usted, desde ayer, sólo tengo una palabra en la boca. La palabra amor. Peor para mí.» Tal vez, después de todo, la divinidad no sea deseable para el hombre. La trinidad ficticia y ofensiva del Dios judeo cristiano nunca incluyó al hombre, esa criatura errática, prescindible, y sin embargo creada a su imagen y semejanza. Godard mete lo humano en la esencia misma de lo divino: la voluntad. Así, el hombre es capaz de verse como actor, sí, pero también como creador de su destino: alguien capaz de corregir sus errores aún a pesar del tiempo, y alguien capaz de ignorarlos también a pesar del tiempo.
La película es una deliciosa atrocidad, y no pueden dejar de verla. Estarían perdiendo años, muchos años.
 atrás.
Romeo + Juliet (EUA - México, 1996) Dir: Baz Luhrmann
Cuando Shakespeare parecía en calma —luego de la insufrible versión de Otelo que se aventó Kennet Branagh hace un par de años (Branagh es mejor conocido como el asesino de clásicos, y ahora ha arremetido contra Hamlet) —, el señor Luhrmann redescubre una de sus historias más sobadas, lugar común de la cinematografía sólo equiparable al Drácula de Stoker o las mil y una versiones de la vida de Cristo. Pero, ¡sorpresa!; el Romeo + Julieta de Luhrmann es osado a más no poder, cuasi vanguardista, y pone al servicio de lo mejor de la literatura lo mejor de la cinematografía: la imagen como lenguaje absoluto. El viceversa es inevitable: el filme le demuestra un fervor casi religioso al texto original, lo que hace que el innegable preciosismo de la imagen adquiera dimensiones mágicas y se adhiera con elocuencia a esa historia sabida por todos. Las actuaciones son sobrias, nada espectaculares pero tampoco prescindibles; los escenarios y el manejo de las luces le dan al film una atmósfera remotamente oscura y gótica y poderosamente nostálgica, lo que, tratándose de la tragedia amorosa más sórdida de la historia, lo eleva a la categoría de redundancia suicida.
Ésta maravilla fue filmada en nuestro país, con técnicos nacionales, lo que nos hace sentir una gran esperanza y subraya una de nuestras viejas convicciones: a México le faltan directores con ideas, y le sobran Imcines, Conacultas y un buen de burocracia.
 atrás.
La Senda Del Perdedor, Charles Bukowski, Anagrama, colección Compactos, Barcelona, 1996
Plagado de recuerdos de infancia, este libro es, por decirlo de alguna manera, un grande y siniestro juego de niños. Bukowski nos invita a ser testigos de sus primeros años y sus más remotas memorias, a través de la despiadada visión de su alter ego Henry Chinaski quien, de una manera o de otra, se las arregla para nunca encajar, para desafiar radicalmente el orden establecido, aunque sea a través de un puñetazo en la nariz de su abuela o el desprecio inaudito e injustificado —pero no injustificable— que siente por la mayor parte de la gente. Chinaski evoluciona y crece como la gran mayoría de los infantes, salvo por una característica que le rebasa y le condena: el sentimiento del más absoluto asco por todo lo que le rodea, lo que hasta cierta edad puede ser una posición muy cómoda pero que, a la larga, se convierte en la antesala perfecta para la marginalidad, la soledad y algunos otros amargos disfrutes. Aún cuando Bukowski regresa a algunas anécdotas que ya antes se habían contado —como esa etapa en la que se fingía nazi en la universidad, o el tratamiento brutal que siguió a un brote de acné rabioso que padeció en su adolescencia—, La senda del perdedor es un libro festivamente ácido y generosamente divertido; otra buena ración de ebriedad cosecha Bukowski.
Imperdonable. Se consigue, sin duda.
 atrás.
Pulp, Charles Bukowski, Anagrama, colección Compactos, Barcelona, 1997
La última novela de Bukowski (al buen Hank se le ocurrió morirse apenas unos meses después de terminarla) nos recuerda lo mejor de la literatura negra, echando mano a recursos narrativos dignos de un Mike Spillane en sus mejores tiempos. Pulp es un homenaje crítico —si esto es posible— a las “pulp fictions” (terminajo que, por otro lado, NO es propiedad de Tarantino, por si ya estaban buscando la referencia al bienamado), a los pasquines de detectives que nutren los ratos de ocio de cualquiera con ratos de ocio y poco dinero para montárselo. Bukowski ofrece, además, un certero bofetón a todos aquellos que lo identifican con un “compromiso con la realidad” a ultranza; este libro es imaginativo y burlesco a más no poder, sus personajes son caricaturas o seres definitivamente improbables y sus situaciones son encabronadamente divertidas y certeramente estridentes. Aquí se ve, subrayado, a ese Bukowski que ya algunos intuíamos en relatos como “Hacia arriba sin alas” o “Quince centímetros”; un Bukowski lejano a lo autobiográfico y más cercano al desmadre y lo lúdico, capaz de las ficciones más aberrantes y bizarras. Así que, para quien quiera entretenerse y de paso aventarse un danzón con la señora Muerte, Jeannie la extraterrestre, Céline, el Gorrión Rojo y todo un bestiario demencial, aquí está este libro esperándolos gustoso. Hacen falta cojones, no se crean, pero al final siempre será divertido.
Conseguible e imprescindible.
 atrás.
Taxi (España, 1996) Dir: Carlos Saura
En mitad de la noche madrileña, un grupo de taxistas que se autodenomina la familia (¿alguna referencia a Manson y compañía?) se dedican al insano deporte de ser unos ojetes-fachos-racistas-fundamentalistas, golpear a todo aquel que no entre en su categoría de gente decente y, de paso, ser ciudadanos modelo, con sus familias acomodadas (¿acomodadas en dónde?), sus departamentos muy monos y su vida clasemediera, que incluye el sempiterno sentimiento de que «alguien te está quitando lo que es tuyo». En pleno repunte de la xenofobia europea, Carlos Saura se avienta un valiente aunque modesto “yo acuso”, en el que no sólo se ocupa de retratar con cierta crudeza los métodos y motivaciones de los skinheads y otros grupúsculos fascistas de la España contemporánea, sino que también se interesa —en todo un ejercicio de diplomacia y objetividad— por retratar el lado humano y hasta cierto punto dramático de la vida de estos animales que, aunque equivocados y maledicientes, no siempre carecen de motivos, que incluso podrían parecer válidos, para desatar su odio y su frustración en un escenario violento y eversivo. Taxi cuenta con una producción impecable, la partitura prendidona de Manu Chao, una fotografía efectivísima y un par de actuaciones sobresalientes, como la de Ingrid Rubio, que le valió una mención honorífica en el festival de San Sebastián del '96; sus únicos puntos débiles son un sonido como para cagarse en él (al menos así me lo pareció durante su proyección por TV) y una historia un tanto limitada y cuya anécdota se desdibuja en el elogio de una historia de amor cuya protagonista tiene una verdadera vocación mesiánica y perdona todo, lo que no deja de contrastar medio chocantosamente con los afanes de intolerancia del mundo que la rodea. La cinta no fue estrenada comercialmente en México, pero durante diciembre de 1997 fue estrenada en el benemérito canal 22.
Supongo que luego rolará en cineclubes. Si es así, no se la pierdan.
 atrás.
Face To Face (Suecia, 1975) Dir: Ingmar Bergman
En un juego macabro que fluctúa entre el conocimiento de la muerte, el reconocimiento de la vida y el acercamiento a la locura, Ingmar Bergman deja que en Face to face el espectador quede de frente (valga la redundancia inevitable) y desarmado ante lo único que siempre quisiera evitarse: el más brutal auto conocimiento, llámese muerte, vida o locura. El entendimiento de este reencuentro con uno mismo se da a través de la desesperación, el vacío y la mortífera ansiedad de una mujer que comienza a ser rebasada por la edad, la soledad y la carencia de metas; una mujer dispuesta a abandonar el mundo y todo lo que aún ama en pos de una resolución final para su vida y sus conflictos. Bergman entiende la muerte como un reencuentro con todo aquello que nos ha formado y, mejor aún, deformado; en la muerte se resuelven todos aquellos conflictos que dejamos pendientes por nuestra fútil creencia de que nunca moriríamos. La sublime actuación de Liv Ullmann, una de las actrices favoritas de Bergman, da a la película un ambiente de ostracismo, de aislamiento, al que el espectador asiste como un mirón que, finalmente, se ve invitado al festín; el festín de ver cara a cara a la muerte para después seguir viviendo, porque, como lo entiende la protagonista, el amor puede curarlo todo —todo, incluso la locura y el resentimiento; ¿y no es el amor locura, después de todo?—. La cinta cuenta además con la sutil pero excelente actuación de Erland Josephson, quien fuera el sustituto de Anatoli Solonitsin en los gustos actorales de Andrei Tarkovski.
Para verse y no creerse.
 atrás.
Emily, Dir: Antonio Algarra, Foro Stanistablas, 1997.
Emily Dickinson, con todo su mito y su imagen de monolito monstruoso, se nos aparece en un reducido espacio —su vida, su aislamiento nada gratuito, sus amores y temores y, sobre todo, su soledad— para mostrarnos todo lo que el mundo le ha negado o, mejor dicho, todo lo que ella misma se ha negado del mundo. Con la actuación arrebatadora de Emoé de la Parra, esta magnífica pieza teatral, monólogo apabullante original de William Luce, explora la conmovedora cotidianidad y los bajos fondos de una sensibilidad extrema y extravagante, donde el ostracismo se resuelve en los anhelos de una mujer que, irónicamente, busca una comunicación casi omnímoda con todo lo que le rodea, llámese naturaleza, palabra, humanidad o historia. Ante todo, el espectador asiste a la intimidad misma de Emily; una intimidad no sólo evidenciada en su delirante discurso —mitad biografía y mitad poesía revisitada—, sino casi tangible en los objetos que le rodean y que se adivinan casi parte de su cuerpo, casi sensuales en su carnalidad innegable.
Discurso elocuentísimo de femineidad sublimada, de arte llevado a sus más aberrantes y memorables extremos, Emily es una puesta en escena indudablemente recomendable e imprescindible. El pasado 16 de diciembre del '97 concluyó su temporada en el foro Stanistablas, pero reiniciará el 26 de enero del '98 en el bello teatro El Granero, detrás del auditorio nacional.
Allá ustedes si no le llegan.
 atrás.
La Inmortalidad, Milan Kundera, editorial RBA, colección Narrativa Actual, España, 1992
En esta novela extraordinaria, la modernidad —vista como una guerra (o mejor aún, como una carrera) entre la trascendencia y el avance de la venalidad— se impone apabullantemente frente a los pequeños dramas que, en la cotidianidad de sus personajes, puede parecer que carecen de cualquier significado o significante que los eleve por encima de esas complejidades universales y tan distantes. En La inmortalidad somos partícipes de la búsqueda de eternidad de algunos y la negación de toda eternidad por parte de otros, personajes todos que se antojan —y probablemente sea un pequeño tropezón en la novela— de una pieza, todos ellos representantes de absolutos inamovibles y monolíticos. La mirada de Kundera hermana —¿y porqué no habría de hacerlo?— el idilio entre Goethe y Bettina Brentano con el cuarteto amoroso entre sus personajes centrales, Laura, Agnes, Paul y su hija Brigitte, y acude a recursos narrativos definitivamente aventurados que recuerdan algunos esfuerzos de novela en la novela. Finalmente, Kundera nos deleita con personajes tan entrañables como el profesor Avenarius —cuyo locuaz discurso se antoja el único definitivamente lúcido y conmovedor en su humanidad— y con situaciones abigarradas y definitivamente improbables, como el encuentro entre Goethe y Hemingway en un más allá que termina reconociendo su hiperbólica existencia.
Libro de sexo, muerte y permanencia, éste es uno de esos que no deben faltar en la cabezota. Se vende hasta en vinaterías.
 atrás.
Roseanna's Grave (Inglaterra - EUA - Francia - Italia, 1997) Dir: Paul Weiland
Ejemplo de lo que puede ser una buena, muy buena comedia ingenua, Todo por Rossana apela a un humor costumbrista y romántico que no deja de tener sus momentos flojos y sensibleros pero que se mantiene, gracias a actuaciones maravillosas y una fotografía excelsa, en un nivel de acción ágil y cautivador. Jean Reno (el actor de cabecera de Luc Besson) sorprende en su faceta de comediante, aunque su comicidad provenga del inevitable contraste entre su rostro adusto —cuasi pétreo— y las actitudes infantiles y obsesivas de su personaje, un marido rabiosamente enamorado que intenta por todos los medios asegurar un lugar para su esposa en el superpoblado cementerio de su pueblo. La presencia de la extraordinariamente bella Polly Walker y la mesurada actuación de Mercedes Ruehl sirven de magnífico telón de fondo para la devoción hiperbólica de este marido idílico y las embarazosas situaciones en las que se ve envuelto.
Una película apta para los amantes de la comedia preciosista.
 atrás.
El Héroe De Nuestro Tiempo, Mijail Iurievich Lermontov, UNAM / Imprenta Universitaria, 1ª edición, México, 1985
Producto de una época fascinada —casi hechizada— por el influjo del bienamado Lord Byron, El héroe de nuestro tiempo es una lectura sorprendente e inevitable. La información de la cuarta de forros no deja lugar a dudas: Mijail Iurievich Lermontov, nombre citado inevitablemente cuando se trata de hablar del espíritu atormentado y el destino miserable (baste echar un ojo a los gatos de Francisco Umbral, para corroborarlo) nació en Rusia en 1814 y fue criado en la mejor tradición aristocrática; a los ocho años escribió su primer poema, y a los diecisiete ya contaba con más de trescientos, además de una novela, tres obras de teatro y un sin fin de viajes y duelos a muerte. Fue arrestado por el zar Nicolás I gracias a un poema que le fue inspirado por la muerte de Pushkin, luego peleó contra tribus no civilizadas para finalmente morir en un duelo, antes de cumplir los veintisiete años. La fascinación por el poeta maldito (y por su forma más elemental: el antihéroe romántico) que sufre y goza nuestra generación nos lleva, ineluctablemente, a encontrarnos con Lermontov, niño trágico, enfant terrible, que en este libro hizo un recuento de sus muchos daños y pocos años a través de la biografía ficticia de Grigori Alexándrovich Pechorin, militar errante que lo mismo sufre ataques de dandismo a la Baudelaire que impulsos nihilistas dignos de Nietzsche. El ritmo narrativo de El héroe… es agilísimo, y no le debe sino un lejano agradecimiento a Dostoievsky, Tolstoi y algunos otros iconos de la literatura rusa. El lector avezado podrá encontrar ecos de los mejores y más bizarros (en el sentido estricto de la palabra) sentimientos de la época —es decir la segunda mitad del siglo XIX—: el más brutal aburrimiento, el más descarado fatalismo y el más doloroso escepticismo. El producto final es delicioso; un retrato nítido y casi total del espíritu de una época cuyos nombres (casi todos infaustos y amargos) son, hoy por hoy, divertimento y alimento para una generación que necesita desesperadamente creer en algo… aunque sea en aquellos que jamás creyeron en gran cosa.
Se consigue.
 atrás.
Vampiros Vivos y Vampiros Muertos, selección y paráfrasis de Edgar Ceballos, Editorial Posada, colección Duda, serie Todo y Siempre, México, 1972
Aún cuando es caótico hasta decir basta, producto de un editor que se comportó, me aventuro a asegurar, cual cómplice de un compilador de dudoso oficio, este libro es muy recomendable para aquellos interesados en el tema de los chupasangre. Vampiros Vivos y Vampiros Muertos es un álbum donde el señor Ceballos pegó y repegó toda suerte de recortes sobre vampirismo; leyendas, historias reales y ficticias, algunos disparatados informes médicos sobre el fenómeno y los casos más sonados de la historia (léase Gilles de Rais, Elizabeth Báthory, el vilipendiado Vlad Tepes o el distinguido John George Haigh, llamado también “el vampiro de Londres” y cuyo relato hemos estado publicando en este fanzín de quinta). Huelga decir que, gracias a la miopía ingenua de míster Ceballos, los relatos y demás información incluida en este volumen no tienen otro nexo que no sea el asunto vampírico, aunque se trate de cosas tan disímiles como un informe del médico de la emperatriz María Teresa que intenta desenmascarar el mito o un capítulo casi completo de la novela “Varney, El Vampiro” —que, por lo demás, aparece cual despojo y sin justificación alguna—; la disposición y selección de los textos son por demás arbitrarias y desconcertantes. Y, para acabarla de jorobar, algunos de los textos —en su calidad de fragmentos— se quedan a medias y dan de plano la impresión de desinformación deliberada (baste leer la siguiente frase: “Vlad Tepes… nació de familia noble. Fue un general que dirigía y ganaba muchas batallas contra los turcos, pero también fue un vicioso y depravado sádico…”. En el fragmento dedicado a Drácula, por supuesto, no hay una sola referencia biográfica que no se refiera a algún acto “vicioso, depravado o sádico”. Cosas de la hueva y el lugar común, me atrevería a decir.
Aún así, el libro ofrece un acervo de información más o menos rico en su pobreza; y lo recomendamos como le recomendaríamos ir a la morgue a un anatomista: es desagradable, pero necesario. Anda aún en librerías de viejo.
 atrás.
El Diablero, Arturo Meza, Oficio ediciones, colección Narrativa, México, 1995
San Miguel Arcángel es un lugar y es un sueño, purgatorio vivo y accesible sólo mediante ritos o suerte —buena o mala, asegún se mire—; San Miguel Arcángel es el lugar donde aún se conservan la inocencia y maledicencia de un pueblo que se suponía muerto, finito, al menos en lo que a su conciencia de pueblo se refería. Arturo Meza, uno de los pocos artistas-genios que ha dado México en este fin de siglo, nos regala —y yo, en lo personal, se lo agradezco— el relato de todo lo que hemos perdido gracias a nuestra cerrazón de cultura mestiza y dizque progresista. El Diablero es una nostalgia, un regreso a parajes místicos que, aunque ignorados, aún están ahí y aún podrían permitirnos acceder a ellos; una novela complicada hasta decir basta pero envolvente y mágica en la misma medida. Los personajes de Meza son demonios y ángeles con carne de maizito, todos complicados y todos dignos de ser considerados símbolos pero sin perder ni por un segundo su condición humana, lo que no deja de ser aterrador. El lenguaje narrativo evoca los retruécanos de la sencillez y la miseria, del campo y las lenguas de la tierra y la magia, pero, lejos de alejarnos con su complejidad, nos invita a continuar hasta un final pletórico de símbolos donde se resuelven algunas incógnitas interesantes y fundamentales (como ésta: ¿qué es México?).
El Diablero es un ritual de sincretismo y sentimiento, donde el realismo mágico da paso a la magia real, a la magia cotidiana, donde los elementos se vuelven hombres y los hombres revientan en viento y fuego y tierra y agua.
Imperdible. Lo conseguí en una librería de viejo, así que buena suerte.
 atrás.
The Sweet Hereafter (Canadá, 1997) Dir: Atom Egoyan
Narración impecable, retrato preciosista del dolor y su mercadeo, Dulce Porvenir es un filme altamente logrado; es evidente que Egoyan contó con un presupuesto mucho mayor al de sus anteriores producciones —aunque ese haya sido precisamente el mérito de Partes Habladas o Exótica, su elocuente estrechez—, pero el director ha asumido un verdadero compromiso con sus formas visuales, y el ritmo y la cadencia narrativa en este filme no hacen sino evocar los mejores momentos de sus anteriores producciones. La anécdota en Dulce Porvenir es más compleja de lo que podría suponerse: un hombre de leyes que, atiborrado de buenos y muy lucrativos sentimientos, amén de las mejores intenciones —una nueva definición de la bondad se haría necesaria para aplicársela a los abogados—, busca una retribución para un grupo de padres que han perdido a sus hijos en un accidente; pero él, agotado por el mal y su recurrencia incansable, se ha dado por vencido en la lucha por salvar lo poco que queda de vida en su propia hija, una drogadicta cínica y seropositiva a la que él no puede sino ver como una aparición, como una muerta parlanchina que se dedica a explotarlo sistemáticamente. Mención aparte merece la música de la película, que incluye, entre otras exquisiteces, la canción Courage de la banda The Tragically Hip, uno de los grupos más subestimados del movimiento alternativo de inicios de los noventa. La cinta propone, además, una exquisita paráfrasis con el cuento del flautista de Hámelin; seres humanos que parecían prometer algo, por su juventud o talento, y que son arrastrados a la nada por los hipnóticos sonidos de la decadencia, la estupidez o la muerte. Hay algunos momentos en los que el espectador no dejará de sentir que Egoyan pudo ir más lejos, que pudo redondear más su historia; pero, a pesar de este sentimiento, la película no deja de ser excelente.
 atrás.
Peleando a la Contra, Charles Bukowski, compilado por John Martin, Anagrama, colección Compactos, Barcelona, 1997
Cuando parecía que nunca íbamos a tener un acercamiento en castellano con la parte medular de la obra de Bukowski, sus poemas, Anagrama se lanza al ruedo con esta antología de lo más representativo de Hank, incluyendo una deliciosa selección de poesía autobiográfica. Lo que de entrada podría parecer una simple mezcolanza de recortes arbitrarios y desconectados, pronto se manifiesta como una acertada selección de textos que van contando la vida del borracho a través de su propia visión y lenguaje, lo que hace de este libro algo imprescindible para sus fans y también para todos aquellos que no hayan tenido la suerte de encontrarse con este orate. Peleando a la contra es un libro conmovedor y crudo, que va más allá de la antología para convertirse en una visión global y completísima de los humores y motivos de Bukowski, desde sus primeros recuerdos de infancia hasta las últimas y agudas reflexiones de un viejo en las postrimerías de su vida. No por nada John Martin fue su editor de toda la vida (o casi).
Esperemos que la respuesta que obtenga este volumen sirva de acicate para que los editores se animen a publicar, de una puñetera vez, los libros de poesía de Hank. Si los lectores hacemos cuentas, encontraremos que el número de publicaciones bukowskianas en lengua española asciende a quince, mientras que las norteamericanas iban, en el año 1996, por las cuarenta, incluyendo tres libros póstumos y algunos folletines menores que luego fueron compilados. Con estos números, da la impresión de que los lectores hispano parlantes hemos sido subestimados.
Si no le sacan a la tristeza, la alegría y la furia llevadas hasta sus últimas consecuencias, lléguenle de volada.
 atrás
Carmilla, Historia de Vampiros, Joseph Sheridan Le Fanu, Fontamara colección, México 1997
Novela corta, sorprendentemente ligera y accesible, Carmilla, el antecedente más directo al Drácula de Stoker, se erige como la gran renovadora de la literatura gótica y la gran iniciadora del caos del vampiro. Luego de leer este texto maravilloso (lo cual puede hacerse de una sentada, créanme), Stoker deja de parecer tan genial y se presenta como un tío más bien poco original y con el mérito indiscutible de haber desarrollado el tema —los vampiros, se entiende— hasta hacerlos indeciblemente complicados y siniestros. Le Fanu, por el contrario, presenta una estirpe de entes chupasangre cuya tierna devoción por sus víctimas les hace incluso entrañables y provoca que su final infausto nos sea casi chocante (al menos eso me ocurrió a mí). Carmilla, una condesita bellísima con tendencias más bien lésbicas en sus afectos, no es, como cabría suponer, un Drácula femenino; lo que en el personaje de Stoker es furia y venganza contra Dios y el mundo en un hombre marginado injustamente, en Carmilla no es sino ansia de afecto y de un amor total que muera por ella; impulso que jamás se reduce al apetito y la supervivencia, esos motivos más bien groseros. Carmilla, finalmente, es también pionera en ver al vampiro como una suerte de sex symbol en desgracia, y aporta el elemento clave que ha marcado a la literatura vampírica desde los mil ochocientos hasta nuestros días: la muerte como final deseable para el placer, el sexo, el orgasmo. Sí señor.
Se consigue en todos lados.
 atrás
A la Sombra de las Muchachas Rojas, Francisco Umbral, Ediciones Cátedra, colección Novela Cátedra, España, 1981
La transición es a los españoles lo que Vietnam a los norteamericanos; un estigma y un episodio traumático. La dictadura franquista y sus excesos, por otro lado, sólo provocaron, como siempre, una andanada de espíritus algo deschavetados que, en la clandestinidad y aún fuera de ella, crearon movimientos (desplazamientos) que tendían a lo revolucionario, lo rojo, lo vanguardista, lo progre o lo definitivamente esquizofrénico. A la Sombra de las Muchachas Rojas es el relato del genial Francisco Umbral de ese reencuentro de los libertarios con la libertad; evolución siempre dolorosa que, sin embargo, puede ser vista con cierta carga de humor ácido y transgresor. Umbral, uno de los mejores escritores y periodistas españoles contemporáneos (si no es que de plano el mejor en ambas disciplinas, aunque Javier Marías le siga de muy cerca), pone en juego lo más psicótico de su narrativa para desmenuzar (decir reseñar sería pecar de indulgente) los protagonismos, reveses y mafufadas de la democracia en una sociedad poco acostumbrada a ella en aquellos momentos. Algunas de las situaciones y/o personajes en A la Sombra… nos serán difíciles de asimilar o reconocer, ya que se trata de una crónica (marciana, como el mismo Umbral la califica) desde dentro, intimista y de primera mano. Pero algunos personajes ya no nos serán tan ajenos, como Felipe González, Ramoncín o la siempre bienamada Patti Smith. El libro es no sólo recomendable para aquellos interesados en la historia reciente de España (se me antoja pensar, por ejemplo, en la enorme cantidad de hijos de refugiados nacidos en nuestro país), sino para todo aquel que disfrute de la literatura de vanguardia, contestataria e insobornable.
A veces se le ve asustado y clandestino en algunas librerías de viejo.
 atrás.
El Metro Blanco, William Seward Burroughs (edición facsimilar de la edición inglesa de Aloes Books and Aloes seolA, Londres), editorial Pre-Textos, España, 1977
Además de otros innumerables méritos, el principal que encierra este libro es que sigue, al pie de la letra, con todo y errores tipográficos, la edición original inglesa, incluyendo fotografías, dibujos, textos compuestos en diversos tipos y otras monerías. Para todos aquellos cuyo bagaje burroughsiano se limite al eterno Naked Lunch o el aterrador Junkie, El Metro Blanco representará todo un descubrimiento. Este libro es, si se me permite la aventurada afirmación, un muestrario invaluable de los modos, métodos y preocupaciones antiliterarias del buen Bill; un volumen cuya lectura requiere, de plano, mucha paciencia y un ojo avisor tal vez previamente preparado para los trances alucinógenos. A pesar de su abigarrada disposición, el texto revelará al lector avezado una historia cuyos personajes, en la mejor tradición burroughsiana, son desgarradoramente monstruosos. El gran mérito de esta novela es que los relatos que la componen fueron apareciendo en distintos medios impresos de carácter más bien marginal, como la revista Kulchur, el famoso Bulletin from Nothing y la revista Underground Telegram, entre otros, de los años 1963 hasta 1965, lo que comprende algunos de los años más sabrosones de la producción de Burroughs y del desarrollo de la contracultura beat y post-beat en general. Para acabarla de jorobar, el libro tiene como apéndice un par de artículos sobre Bill de lo más chipocludos; el primero de Alan Ansen, quien hace un somero pero sustancial análisis de la vida y los libros más importantes de Burroughs por aquellos días, como el ya citado Junkie (el único publicado en aquel entonces), Qeer, The Yage Letters y, obvio, Naked Lunch; el segundo, debido a la pluma del maestro Paul Bowles, es una pequeña añoranza de Bill Burroughs como ser humano, más allá de la leyenda y los libros, y ya tuvieron la oportunidad de verlo reproducido en este número del Yet.
El Metro Blanco, en esta edición, debe ser difícil de conseguir, aunque no imposible. Debe haber una edición más reciente, aunque no estoy seguro. De todas formas, échensele encima en cuanto lo vean.
 atrás.
Mi Educación, un libro de sueños, William S. Burroughs, ediciones Península, colección Ficciones, Barcelona, 1997
Aquellos que tengan la fortuna de soñar (está comprobado que no todos los seres humanos sueñan con la misma intensidad ni con la misma regularidad y mucho menos con la misma capacidad de recordar sus sueños) podrán regocijarse con esta memorabilia onírica que el viejito marihuano nos ha heredado. A través de años y años de notas, Burroughs deja que le echemos un vistazo a esos momentos irrepetibles y valiosísimos en lo que revelan y en lo que velan con sus entretelones incomprensibles. Amigos y enemigos, hechos y desechos imposibles se entretejen en este amasijo gozoso, recuento de la otra vida de este entrañable locutor; además, con un poco de buen ojo, el lector podrá reconocer ciertas situaciones, ciertos ecos de situaciones, mejor dicho, que la vida súper mafufa de este tío le otorgó a su mundo de sueños. La vida es sueño, Calderón de la Barca dixit.
Un boleto sin regreso a la tierra de los muertos. Pero, ¿quién querría regresar?
 atrás.
Johnny Panic y la Biblia de los Sueños, Sylvia Plath, Alianza editorial, colección Alianza Tres, España, 1995
Tratándose de uno de los pocos libros en prosa que escribiera Plath durante su vida, el hecho de que al fin una editorial se haya dignado publicar éste de forma íntegra en nuestro idioma es motivo suficiente para adquirirlo de inmediato. Pero, más allá de la tardanza infame de la que estos relatos fueron objeto por parte de los editores en lengua castellana, el libro tiene suficientes méritos por sí mismo. Los relatos de Plath son directamente autobiográficos y decididamente depresivos, aún cuando el adjetivo sea demasiado impreciso en este caso. Hay un ambiente de desolación casi mística en la narrativa de Plath; pareciera que, incluso el relato más esperanzado, “Día de éxito”, no es más que una reiteración de lo inútil que para la autora era albergar esperanza alguna. Esto podría parecer una prefiguración, si tomamos en cuenta las circunstancias en la vida de Plath y las de su muerte (“autoasfixia por monóxido de carbono”, rezaba su certificado de defunción); pero dudo sinceramente que alguien pudiera entrever otra cosa que desconsuelo del bueno en estos relatos. Pero esto, afortunadamente, sólo puede ser considerado como la visión personal y férreamente íntima de la escritora, que no parecía otorgar concesiones a nadie, ni siquiera a sí misma. De esta manera, el retrato de su propia existencia es descarnado, crítico, carente por completo de misericordia o disimulo. Las narraciones son ágiles y sin embargo densas, cargadas de una imaginería que coquetea con el delirio y, en ocasiones, con la crudeza. Además, algunas de estas narraciones tienen su contraparte en algunos de los más conocidos poemas de la escritora, como “Todos los queridos difuntos” o “Ocean 1212-W”, y parecen constituirse como resonancias los unos de los otros. Cabe señalar que, en 1987, la editorial mexicana Joan Boldó i Climent, en asociación delictuosa con la Universidad Autónoma de Zacatecas, se aventaron una selección de algunos de estos relatos (además de la publicación en el mismo volumen de una novela inconclusa e inédita de la Plath, inconseguible en otro lado) bajo el título «La ira del águila»; y tampoco estará por demás decir que la traducción de «La ira…» es por mucho superior al limitado esfuerzo de los editores españoles. Pero, bueno, el español está completo y la traducción no hace al libro.
Una pregunta final: ¿ porqué Sylvia Plath no se ha convertido en objeto de culto de los darkis o, ya de perdida, del grueso de las juventudes posmodernas?
Tal vez por que ha tenido buena suerte.
 atrás.
Lost Highway (USA, 1996) Dir: David Lynch
Para algunos uno de los mejores cineastas de nuestros tiempos, para otros un esquizofrénico con la suerte de tener una cámara a la mano, Lynch ha sido una constante en esas discusiones “cultas” de rigor en los cafés de la cineteca y anexas. Más que un narrador, Lynch es un creador de atmósferas, un narrador de estados mentales, de miedos contemporáneos —pero, hay, tan ajenos y, a la vez, tan dolorosamente cercanos—, de conflictos humanos y de pérdida de la humanidad. Lost Highway, de 1996, es uno más de estos malviajes con final desconcertador —o, para ser más exactos, pensado para desconcertar—, retrato crudísimo de personajes estridentes e improbables con destinos que retan cualquier asomo de lógica… esa excitación que, ahora, nos es tan común y elemental —esperada, pues— cuando nos acercamos al séptimo arte con la esperanza de ver algo más que godzillas o marcianos chafas. Lost Highway propone una teoría más que aventurada para el problema de la indentidad, entremezclando los destinos de un saxofonista y un mecánico que tienen un incierto nexo con un mafioso a cuyo servicio está el mismísimo coco (un tío con una cara que hay que ver), y una tía que resulta ser dos tías a la vez. Así como lo oyen. Además —permítanme ser aventurado—, en la cinta se propone una velada crítica a los medios de comunicación. ¿Porqué? Bueno, por que el coco espanta a sus víctimas a través de… ¿no adivinan?: una cámara de vídeo. La música de la cinta merece mención aparte (otra de las constantes de la cinematografía actual); la partitura original le pertenece al maestro Angelo Badalamenti —viejo amigo de Lynch—, y hay intervenciones de Trent Reznor y David Bowie, así como la lamentable inclusión de los omitibles Marilyn Manson (que aparecen en la cinta haciéndose los pornográficos, aunque afortunadamente sólo como cinco segundos).
Lost Highway es Lynch y nada más que Lynch. Los versados en el tema ya sabrán que esperar. Por cierto, ¿alguien lleva la cuenta de todas las películas que, últimamente, han resultado ser historias circulares? Ya deben ser bastantes, y todas han sido lo suficientemente buenas.
En fin; cosas del cambio de siglo.
 atrás.
El Ladrón de Cuerpos, Anne Rice, Editorial Atlántida, Argentina, 1993
Cuando, luego del final de “La reina de los condenados”, los buenos darkis pensaban que Lestat y sus amigos iban a vivir de lo más contentos en la Isla de la Noche, chupándose unos requetesabrosos humanos de vez en vez y disfrutando su reducto pornográfico por toda la eternidad, la señora Rice les dijo que siempre no, porque de lo contrario ella no podría continuar la saga y, muy probablemente, los millonsajos que tiene en el banco no continuarían creciendo y creciendo como hasta ese momento. Por lo tanto el buen Lestat, en una más de sus gracejadas épicas, se mete en El Ladrón de Cuerpos y en un embrollo digno de su linaje angelical (¿será?), y sale de éste, claro, con sus armas a la Tom Cruise y con esa maledicencia casi cósmica que le caracteriza. A pesar de que no es ni remotamente tan complicada como “La reina…”, novela ciento por ciento gótica que muchos creímos el pináculo del estilo de Rice, El Ladrón… rompe con el esquema vampírico, nuevamente, al enfrentar al casi mítico Lestat (lástima que, como personaje, se quede siempre en el casi) con las vicisitudes propias de la vida humana normal. Llama poderosamente la atención que para Anne Rice, como para la mayoría de los escritores - teóricos vampíricos (con la deliciosa excepción de Poppy Z. Brite), la vida humana resulta tan chocante como una enfermedad diarréica y tan limitada como la lectura de cualquier libro de Carlos Cuahutémoc Sánchez. De cualquier forma, salvando esta tozudez filosófica (¡epa!; pseudofilosófica, quiero decir) que, creo yo, ya ha agotado sus recursos y comienza a ser reiterativa, la novela es deliciosa y posee un lenguaje narrativo definitivamente absorbente y cautivador.
La recomiendo sinceramente para los versados en el tema, y nada más.
 atrás.
Memnoch, El Demonio, Anne Rice, Editorial Atlántida, Argentina, 1997
Aquí va de nuevo la señora Rice. Tiene razón el editor en afirmar que ésta es la novela más audaz hasta el momento de la madre de todos los vampiros (del hit parade, se entiende). El libro Memnoch, El Demonio es por demás aventurado, bizarro, épico en el sentido más terrible de la palabra. El problema de Dios y el Diablo, el problema del sentido último de la existencia —la humana, of course, porque cualquier otra existencia será siempre, en nuestra ignorancia de animales dizque superiores, prescindible—, es por primera vez visitado con el único recurso que parecía no estar jamás en juego, tratándose de temas tan desagradablemente fundamentales: la levedad, liviandad me atrevería a decir; la más perversa vacuidad. Esto, sin embargo, es tal vez el más tangible mérito de la obra. Memnoch es un demonio expulsado del cielo por hacer gala de una curiosidad enferma que le lleva a desconfiar de su creador, un dios más bien medio tarado que se dedica a darle sentido a todo, más por ocio que por otra cosa. Memnoch se enardece al comprobar que para dios todo es una güeva terrible y que no queda más regocijo —ni más sentido— que el de la belleza; así, la salvación del hombre se disuelve —me parece que decir “se justifica” sería terriblemente injusto para conmigo y los de mi especie— en la gozadera; así como lo lee, distinguido lector. Si somos capaces de atestiguar la belleza y la sabiduría de dios en la belleza y la sabiduría de la creación, más allá de las atrocidades de la historia, y si somos capaces de perdonarle todo este estupro cósmico en el que nos ha metido, entonces ya chingamos (a nuestra madre segurito que la encontramos en el cielo, en consecuencia). Lo único que nos queda por pensar es que este libro es una súper vacilada, una excrecencia del talento de la Rice con ciertos coqueteos filosóficos, muy burdos, huelga decir (o light, como dicen los entendidos); el producto final de un tema que se agota, al menos en la mente de esta autora en particular. Aún así, como es usual, la prosa agilísima de Rice, sus descripciones maravilladas de los peripatéticos vampirillos que se inventa y su desprecio inaudito por la vida humana, aunados a la forma de guiarse del “angelical” Lestat, siempre atento a la aventura entretenidona y al amor infausto, le dan al libro la dosis de buena narrativa suficiente como para, una vez más, recomendarlo. Sobre todo para aquellos que, por hueva, jamás leerán el Fausto o la Divina Comedia (a los cuales, aquí entre nos, la señora Rice les hace un descarado “homenaje” en este libro. Pero no vayan a decir que yo dije eso).
 atrás.
Exterminador, William Seward Burroughs, ediciones Júcar, colección Narrativa Contemporánea, 2ª edición, España, 1978
Publicada por primera vez en 1973, Exterminador es una de las novelas menos socorridas del viejo Bill, un poco a la par de El Metro Blanco. Virulenta hasta la locura, esta novela sorprende por ser inesperadamente política. La visión apocalíptica que Burroughs tenía de su país y del destino de la humanidad en general se sazona con un sentido del humor por demás cáustico y con la abigarrada construcción narrativa, que lo mismo deja escapar poemas que guiones cinematográficos; todo esto amparado en una historia donde nadie está a salvo del exterminio, la persecución o, por lo menos, el terror de los demonios inventados (pero no por ello menos reales y destructivos). Bill deja entrever aquí, por otro lado, algunos eventos de actualidad en aquellos ayeres —por ejemplo, los disturbios de Chicago—, y hoy por hoy esos testimonios sirven de escarnio para un montón de jóvenes que leemos TANTO sobre aquellos días y no nos atrevemos a emular nomás nada.
Desde la decadencia occidental, he aquí el libro de los muertos que se matan entre sí. ¿Listos para enfrentar a las fuerzas extraterrestres, los lunáticos amotinados, los traficantes, los candidatos presidenciales y todos los horrores que habitan este libro? Pues pa' luego es tardísimo.
Finalmente: aviso urgente con premio de consolación para aquella o aquel que me explique qué carajos significa en este críptico telegrama burroughsiano el número 23… el agente 23… el plan Demolición 23… el virus B-23… la habitación 23.
Buena Suerte.
 atrás.
El Libro de Denisse, Héctor de la Garza (EKO), editorial Grijalbo, 1ª edición, México, 1990
Eko no es sólo un dibujante extraordinario; su Denisse demuestra que es un visionario, un iluminado, una suerte de oráculo que nos condena a ser testigos de nuestros deseos y de su naturaleza amenazante al estar, siempre, a punto de ser cumplidos. El Libro de Denisse no sólo muestra —y demuestra— una nueva concepción del problema del eterno femenino, sino que arroja una luz nueva, un escupitajo podría decirse, sobre la sexualidad como la conocemos hasta ahora. El trazo de Eko es fascinante en su delectación por lo infantilmente obsceno y lo eróticamente imposible, y encierra, en sus escondrijos y calabozos húmedos no precisamente de agua, una lúcida apreciación de los diversos reveses que conforman el entorno femenino; Eko es un feminista que practica el terrorismo como la mejor forma de comunicar sus empeños. Denisse es cualquier mujer o, mejor dicho, toda mujer es una Denisse en potencia: una mujer disoluta, transparente en lo turbio de sus necesidades, exquisitamente vacua, interesada, que odia la maternidad pero que goza mucho a los niños (sobre todo acompañados con salsa catsup); una mujer que no tiene miedo de su cuerpo, que no teme hacerse vieja o fea mientras el proceso vaya acompañado de toda clase de fornicaciones furibundas y excesos rayanos en el pánico, que no repara en abrirle las piernas a cualquier atrocidad mientras esa atrocidad tenga verga o lengua o manos o cualquier otra protuberancia que se mueva el tiempo suficiente, una mujer que se deteriora por el apetito insatisfecho, una indigente afectiva que sólo encuentra amor en la contemplación de sí misma, una adicta de sí misma, que se sirve de cualquier cosa para avanzar rumbo a un destino que, sólo Dios sabe porqué, se empeña en alcanzar. Denisse, esta mujer devota y sacrílega, siempre desnuda y vestida sólo para la mentira o la burla o la herejía, va acompañada de una chingonsísima selección de textos de Andrés de Luna, que ilustra con ilustrísimas palabras de ilustres hombres de letras las tiras de Eko, que de cómicas sólo tienen lo gozoso de su horror. La selección de textos va de Artaud a Sacher-Masoch, y Denisse va de la vida a la muerte y del deseo al hartazgo. Un libro perfecto; un libro maudit, de los pocos que existen.
Malas noticias: está agotado. Pero el que busca encuentra.
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L'Uomo Che Guarda (traducido para la ocasión como “El Fisgón”), Alberto Moravia, editorial Diana, 1ª edición, México, 1987
Aunque la traducción del título de la presente edición suene a novela escandalosona y barata, este libro es una de las imperdibles novelas de Don Alberto Moravia, uno de los escritores italianos “definitivos” y definitorios de la literatura finisecular. Moravia se ha distinguido por hacer uso de recursos con un aire de postrero existencialismo para retratar la vida cotidiana de seres cuyas complejidades nos recuerdan el horror que encierran nuestras más cercanas y vividas emociones, en su evocación de humanidad fragorosa y definitivamente desafortunada —sin dejar de ser por ello perfectamente humanos y posibles. En el caso de El Hombre Que Mira —que es el título adecuado para este volumen— las emociones reconocibles responden al plano amoroso, a lo amoroso cotidiano, a la transgresión de ciertos límites (o ciertas limitantes) que lo social y lo coherente le imponen al hombre si desea seguir funcionando en un plano de respetabilidad aceptable —con toda la carga de doble moral y manipulación de los demás que esto implica. Edoardo, protagonista de su propio infortunio, es un voyeur aniñado que echa ojo cada que puede, a través de puertas entreabiertas que le dejan ver lo mucho que se puede hacer cuando uno deja de ser espectador —una transgresión más bien estática y simplona— para pasar a ser el que capta la atención del que mira. Moravia nos deja ver por estas puertas entreabiertas, también, un mundo en el que todos observamos y somos observados, un mundo que no reconoce más intimidad que aquella que nos procuremos con infinitos cuidados; todo resquicio que abramos, por voluntad o por descuido, puede servir para que los demás nos miren en nuestra desnudez o en nuestra vulnerabilidad. El Hombre Que Mira no es precisamente una novela que se circunscriba a lo mejor de la producción de Moravia, que en títulos como La Romana o La Vida Interior puso de manifiesto un talento abrumador y casi pornográfico en su lucidez, pero es altamente recomendable.
Una novela para ver. Se consigue con la traducción adecuada del título en alguna edición posterior. O al menos eso creo.
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Mujeres, Charles Bukowski, Anagrama. Barcelona, colección Compactos, quinta edición, 1998
Las mujeres, en la actualidad, ya no representan una incógnita simple para los hombres, esos pobres seres destinados a encontrarse con ellas a la menor provocación y sin remedio alguno. Hoy por hoy el asunto de la femineidad y sus entresijos es un problema, resuelto a medias por los patéticos esfuerzos masculinos y las rabietas —justificadas o injustificables, no seré yo quien lo juzgue— de las mujeres mismas, escudadas en banderas tan erráticas, pero finalmente indispensables, como el feminismo y quién sabe qué otros engendros. Charles Bukowski parecería el menos indicado para intentar un acercamiento a estas complejidades, siendo como es considerado (en vida y en su penosa muerte) el último y más perfecto ejemplo del misógino charro espanta zorras. Nada más alejado de la realidad. Hank era alguien involucrado con las Mujeres, rabiosamente preocupado por entenderlas y, tal vez, por justificarlas para justificar su propia necesidad de ellas. Este tío, que en un rato de lucidez forjó la increíblemente certera frase el amor es un perro infernal, intenta en Mujeres un encuentro furibundo con la naturaleza del eterno femenino; un conocimiento esclarecedor de todas aquellas féminas que se cruzan en su camino que lo orilla a toda suerte de relaciones sucias, obscenas, maravillosas, simples, complicadas, falsas u honestas hasta lo insoportable. Cada mujer es deseada y rechazada casi a un tiempo, cada mujer es increíblemente sexy y obtusa, deseable e indeseable, y ninguna termina bien su relación con el viejo borrachote. Chinaski, protagonista de esta virulenta exploración, recibe de todas ellas sólo lo que desea y lo arranca a traición si no están dispuestas a darlo; y toda esta abundancia le lleva a cuestionarse los fundamentos mismos de las relaciones humanas, toda esa estructura demencial que orilla al hombre solo a buscar con quién compartir lo único que no puede compartirse: precisamente la soledad. Bukowski expone en Mujeres, finalmente, la resolución final de todo este conflicto: el hartazgo, la claudicación final frente a un misterio que en la mente y la vida de los varones nunca tendrá una feliz resolución: ¿quiénes son las mujeres, de dónde vienen, a dónde van, qué demonios quieren de nosotros?
Ay, pero son tan retechulas las condenadas.
Cómpralo, compadre, y únete a la misoginia que adora a las chatas.
Se consigue, excepto en las librerías feministas.
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Yonqui, William S. Burroughs, editorial Anagrama, colección Contraseñas, Barcelona, 1997
Luego de leer una edición añejísima y más censurada que cualquier noticiario bien intencionado de nuestro país (¿los habrá?), ha llegado, para beneplácito de todos los asiduos a Bill y para el mío muy personal e intransferible, está versión intacta del celebérrimo Yonqui, uno de los libros más comentados y menos leídos de este locutor. Evidentemente, este escrito no es lo más representativo ni lo más acabado en cuanto a estilo de los que se recetó el señor Burroughs; es, más bien, un libro temprano, un testimonio de primera mano escrito con objetivos muy distantes de lo literario. Y en eso radica su grandeza y su terror. Nada de maquillajes o pretensiones antiartísticas, nada más que la cruda realidad de un adicto a la morfina que se va picando y sobreviviendo, superviviendo, buscando una iluminación que nunca llega, sumergiéndose en esos ambiguos terrenos del conecte y la confraternidad drogadicta. La cárcel, el síndrome de abstinencia, otras drogadicciones que parecen meros remedios cuando todo se derrumba por el derrumbe ausente, por el piquete que se dilata, por el “angry fix” que ya retrató, también en toda su magnitud de horror y tedio, el maravilloso Ginsberg. Burroughs no era aquí, todavía, el icono degenerado, el abuelo rompe todo, el visionario que llegó a lugar común, afortunadamente, ya en las postrimerías de su vida; era, simplemente, un hombre que escribía monstruosidades como las vivía, que las contaba a esos testigos que debieron poner el grito en el cielo, cuando no estaban, como lo estamos ahora nosotros, tan acostumbrados a las historias de gángsters baratos, a los narco corridos, los narco políticos, los narco padres de familia, las narco escuelas, el narco establishment que no quiere drogadictos, pero, ay, cómo los cultiva.
Visiones, tactos, olores, sabores y sinsabores, damas y caballeros. Nada más que la verdad de un hombre, sin censura o maquillaje, damas y caballeros. Bienvenidos a la muerte, si es que nunca han estado ahí.
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La Ley de Herodes, Jorge Ibargüengoitia, editorial Joaquín Mortiz, serie del volador, México, 1979
Para quien no conozca al buen Jorge, temo que sólo puedo decir a su favor, disculpen, que fue uno de los más divertidos, puñeteramente divertidos escritores mexicanos del siglo XX, y sin duda uno de los pocos escritores latinoamericanos que no escribió con la caja de pañuelos desechables junto a él, lista para enjugar sus lágrimas. Ibargüengoitia, cabe mencionar, fue también uno de los más lúcidos narradores de la intelectualidad mexicana que formó parte del boom (por aquello de que explotaron de mala manera) latinoamericano, y lo fue gracias a esa irreverencia desacralizadora y gandalla que siempre le caracterizó. La ley de Herodes, todo el mundo debería saberlo, es o te chingas o te jodes. En este libro divertidísimo, que se va como agua entre las piernas, Jorge Ibargüengoitia demuestra todo lo que hay de cómico, ridículo y absurdo en las más cotidianas de nuestras acciones, ya sean el amor, la crueldad, la seducción, la construcción de una casa o las trifulcas scouts. Claro, siempre lo diré, en este mundo empeñado en divertirse, empeñado y obsesionado con lo facilón, el chiste obvio y rápido, los libros con monitos y los dizque grupos de músicos que mientan madres porque no tienen nada mejor que decir o hacer, parecería redundancia suicida recomendar a un escritor como este; y sin embargo es imprescindible.
Adelante, diviértete y alimenta tu cerebro, que nunca está de más hacerlo al mismo tiempo.
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Dos Crímenes, Jorge Ibargüengoitia, editorial Planeta, colección Narrativa Actual Mexicana, México, 1999
Aunque con miedo, me acerqué a Dos Crímenes, luego de haberlo dudado durante algún tiempo, tal vez años. Compré la edición, muy barata, y me aposenté en dos nalgas para no tener exabruptos en mi lectura. Mi miedo, mi duda, venía de haber leído ya algunas novelas magníficas de Jorge y de haberlas encontrado insuperables. Y, bueno, Dos Crímenes posee una discrepancia con las otras novelas que conocía de su autor: no es una novela histórica. Sin embargo, al terminar de leer, no me queda ninguna duda de que, a pesar de todo, lo es. Ibargüengoitia es un retratista, y en esta impecable comedia de enredos nos regala la nítida pintura de una sociedad, la del benemérito estado de Guanajuato, que se antoja casi una caricatura burlesca. Su retrato se corresponde con ese impreciso momento histórico (que aún no concluye) en el que en nuestro país, a partir de los años sesenta, empieza a morir el cacicazgo y empieza la oportunidad de los políticos, de las persecusiones políticas, de los intentos desesperados por construir una democracia… que habría de resultar en nuevos caciques. Así, el Negro, nuestro protagonista, es un muchacho ingenuo hasta el asco que, a pesar de esto, se las arregla para sobrevivir a través de mentiras. Su reencuentro con la provincia se da en medio de una andanada de malentendidos que lo señalan como culpable hasta que se demuestre lo contrario, que es como funciona la justicia en México. El estado lo intriga, su famlia lo intriga, y entre tanto él se da tiempo para tener algunas aventuras eróticas sabrosonas que culminan en una certeza que todos los mexicanos deberíamos tener: el protagonista está jodido, todos estamos jodidos en un país que nos toma el pelo con sus estructuras de corrupción, degradación y agasajo. Ibargüengoitia volvió a demostrar su maestría con ese retrato de México que es una bofetada propinada con el mejor de los disfraces: el sentido del humor.
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